VER Y NO VER

 

Fuente:

Oliver Sacks. Un antropólogo en Marte. Siete relatos paradójicos

Traducción de Damián Alou

Editorial Anagrama. Barcelona

 

A primeros de octubre de 1991 recibí una llamada telefó­nica de un pastor retirado del Medio Oeste, que me habló del novio de su hija, un hombre de cincuenta años llamado Vir­gil que era prácticamente ciego de nacimiento. Tenía unas gruesas cataratas y también una retinitis pigmentosa, una en­fermedad hereditaria que de una manera lenta pero implaca­ble corroe las retinas. No obstante, su novia, Amy, que se veía obligada a revisarse la vista regularmente a causa de su diabetes, le había llevado hacía poco a ver a su oftalmólogo, el doctor Scott Hamlin, y éste les había dado nuevas esperanzas. El doctor Hamlin, tras escuchar atentamente la historia de su enfermedad, no estaba seguro de que Virgil tuviera re­tinitis pigmentosa. Era difícil estar seguro en esa fase, pues las retinas ya no podía verse al estar ocultas tras las gruesas cataratas, pero Virgil todavía podía ver luz y oscuridad, la di­rección de donde procedía la luz, y la sombra de una mano moviéndose delante de sus ojos, de modo que era obvio que no había destrucción total de la retina. Y la extracción de una catarata era una operación relativamente simple, que se hacía con anestesia local, y de muy escaso riesgo quirúrgicó. No había nada que perder... y podía haber mucho que ganar. Amy y Virgil se casarían pronto: ¿no sería fantástico que él pudiera ver, que, tras toda una vida de ceguera, lo primero que viera fuera a su novia, la boda, el pastor, la iglesia? El doctor Hamlin consintió en operar, y el padre de Amy me informaba de que la catarata había sido eliminada dos semanas antes de que me escribiera la carta. Y, milagrosamente la operación había funcionado. Amy, que comenzó a llevar un diario después de la operación ‑el día que le quitaron los vendajes a Virgil‑, escribió en la entrada inicial: «¡VE!... Todo el consultorio en lágrimas, la primera vez que Virgil ve en cuarenta años... ¡La familia de Virgil tan excitada, llorando, no puede creerlo!... ¡Qué milagro tan increíble: ha recuperado la vista!» Pero al día siguiente anotó algunos problemas: «Intenta adaptarse al hecho de poder ver, es duro pasar de la ceguera a la visión. Tiene que pensar más deprisa, todavía no es capaz de confiar en la visión. Como un bebé, tiene que aprender a ver, todo es nuevo, excitante, tiene miedo, está inseguro de lo que significa ver.»

La vida de un neurólogo no es sistemática como la de un científico, pero le proporciona situaciones nuevas e inesperadas que pueden convertirse en ventanas, mirillas, al intrincamiento de la naturaleza, un intrincamiento que un no podría prever a partir del curso ordinario de la vida. «La naturaleza acostumbra revelar más abiertamente sus misteriosos secretos», escribió William Harvey en el siglo XVII «en los casos en que muestra trazas de comportarse de un manera distinta de la habitual.» Sin duda esa llamada telefonica—relacionada con la recuperación de la vista por parte de un adulto ciego de nacimiento— apuntaba a un caso así. «De hecho», escribe el oftalmólogo Alberto Valvo en Sight Restoration after Long-Term Blindness, «el número de casos de este tipo que conocemos a lo largo de los últimos diez siglos no es superior a veinte».

¿Cómo vería un paciente así? ¿Sería «normal» desde el momento en que recuperara la visión? Eso es lo que podría pensarse al principio. Eso es lo que dicta el sentido común, que los ojos se abrirán, caerán las escamas y (en palabras del Nuevo Testamento) el ciego «recibirá» la vista.[1]

¿Pero podía ser algo tan simple? ¿Acaso la experiencia no era necesaria para ver? ¿No tenía uno que aprender a ver? Yo no estaba del todo familiarizado con la literatura sobre el tema, aunque había leído fascinado la apasionante historia del caso narrada en el Quarter Journal of Psycho­logy, en 1963, por el psicólogo Richard Gregory (en cola­boración con Jean G. Wallace), y sabía que tales casos, reales e hipotéticos, habían llamado la atención de filóso­fos y psicólogos durante cientos de años. El filósofo del si­glo XVII William Molyneux, cuya esposa estaba ciega, le propuso la siguiente cuestión a su amigo John Locke: «Imagina a un hombre ciego de nacimiento, y ahora adulto, al que se ha enseñado a distinguir mediante el tacto un cubo de una esfera. Ahora puede ver, ¿pero podría distinguir mediante la vista, antes de tocarlos, cuál es la esfera y cuál el cubo?» Locke reflexiona sobre ello en su Ensayo sobre el entendimiento humano (1690), y decide que la respuesta es no. En 1709, al examinar el problema con más detalle y la relación existente entre vista y tacto en Una nueva teoría de la visión, George Berkeley concluía que no tenía por qué existir ninguna relación entre el mundo táctil y el mundo de la visión, que una conexión entre ellos sólo podía establecerse sobre la base de la ex­periencia.

Apenas habían transcurrido veinte años cuando estas consideraciones se pusieron a prueba: en 1728, William Cheselden, un cirujano inglés, eliminó las cataratas de los ojos de un muchacho de trece años, ciego de nacimiento. A pesar de su gran inteligencia y juventud, el muchacho se enfrentó a profundas dificultades con las percepciones vi­suales más simples. No tenía ni idea de la distancia. No te­nía ni idea del espacio ni del tamaño. Y se sentía extrañamente confundido al contemplar un cuadro o un dibujo, ante la idea de una representación en dos dimensiones de la realidad. Tal como Berkeley había anticipado, sólo comprendía lo que veía poco a poco, y en la medida en que era capaz de relacionar las experiencias visuales y las tactiles. Lo mismo había ocurrido con muchos otros pacíentes en los doscientos cincuenta años transcurridos desde la operación de Cheselden: casi todos habían experimentado la más profunda y lockeana confusión y perplejidad.[2]

Y sin embargo, me informaron, en cuanto quitaron los vendajes de los ojos de Virgil, vio al doctor y a su novia, y rió. Sin duda vio algo, ¿pero qué vio? ¿Qué significa para aquel hombre que antes no veía? ¿A qué clase de mundo lo habían arrojado?

 

Virgil había nacido en una pequeña granja de Kentucky poco después del estallido de la Segunda Guerra Munial. Durante sus primeros meses de vida parecía absolutamente normal, pero (en opinión de su madre) ya cuando empezó a andar su vista no era muy buena, a veces tropezaba con las cosas, parecía no verlas. Cuando tenía tres años se puso gravemente enfermo de una triple enfermedad: una meningitis o meningoencefalitis (inflamación del cerebro y sus membranas), polio y una infección provocada por arañazos gato. Durante la fase aguda de la enfermedad, tuvo convulsiones, se quedó prácticamente ciego, se le paralizaron piernas, en parte se le paralizó la musculatura de la respiración, y después de diez días cayó en un coma. Permaneció en coma dos semanas. Cuando salió de él parecía, según su madre, «una persona distinta»; mostraba una curiosa indolencia, indiferencia, pasividad, ya no era en absoluto el muchacho atrevido y travieso que había sido.

A lo largo del año siguiente recuperó la fuerza en las piernas, y el pecho se le puso más fuerte, aunque nunca vol­vió a ser del todo normal. También recuperó significativamente la vista, pero ahora tenía las retinas seriamente dañadas. Nunca estuvo claro si ese daño en las retinas fue causado totalmente por su enfermedad o por una degeneración retinal congénita.

A los seis años, Virgil comenzó a desarrollar cataratas en ambos ojos, y de nuevo fue evidente que se estaba quedando funcionalmente ciego. Ese mismo año le enviaron a una escuela para ciegos, donde con el tiempo aprendió a leer Brai­lle y se acostumbró al uso del bastón. Pero no era un alumno estrella, no era tan aventurero ni tan agresivamente indepen­diente como suelen ser los ciegos. Todo el tiempo que pasó en la escuela mostró una sorprendente pasividad, la misma que le había caracterizado desde su enfermedad.

Sin embargo, Virgil se graduó en la escuela, y cuando te­nía veinte años decidió dejar Kentucky para buscar forma­ción, trabajo y una vida propia en una ciudad de Oklahoma. Estudió para fisioterapeuta y pronto encontró empleo en la YMCA.* No hay duda de que era bueno en su trabajo, y muy apreciado como persona, y enseguida le incluyeron entre el personal fijo y le proporcionaron una pequeña casa al otro lado de la calle, donde vivía con un amigo, también em­pleado en el mismo sitio. Virgil tenía muchos clientes –re­sulta fascinante oír los detalles táctiles con los que puede describirlos– y parecía que el trabajo le proporcionaba sa­tisfacción y le llenaba de orgullo. De este modo, a su ma­nera modesta, Virgil se ganaba la vida: tenía un empleo es­table y una identidad, era económicamente independiente, tenía amigos, leía periódicos y libros en Braille (aunque con los años, a medida que aparecían los libros audio, cada vez menos). Le apasionaban los deportes, especialmente el béisbol, y le encantaba escuchar los partidos por la radio. Poseía un conocimiento enciclopédico de partidos de béisbol, jugadores, resultados, estadísticas. Durante esos años tuvo un par de novias, y se veía obligado a cruzar la ciudad en transporte público para reunirse con ellas. Mantenía un estrecho vínculo con su hogar paterno, en particular con su madre, y regularmente le llegaban cestas de comida de la granja, y enviaba cestos de ropa sucia para que se la lavaran. Una vida limitada, pero estable a su manera.

Entonces, en 1991, Amy apareció en su vida, o, mejor dicho, volvió a aparecer en su vida, pues se conocían desde hacía más de veinte años. El entorno de Amy era diferente del de Virgil: procedía de una familia cultivada de clase media, había ido a la Universidad de New Hampshire y se había graduado en Botánica. Había trabajado en otra YMCA de la ciudad, como monitora de natación, y había conocido a Virgil en una exposición de gatos en 1968. Habían salido un par de veces -ella estaba al inicio de la veintena, él era unos pocos años mayor-, pero entonces Amy decidió volver a la escuela para graduados de Arkansas, donde conocíó a su primer marido, y no volvieron a saber nada el uno del otro. Ella puso un vivero de plantas, especializándose en orquídeas, pero tuvo que abandonar el negocio a causa de una fuerte asma. Amy y su primer marido se divorciaron tras unos pocos años y ella regresó a Oklahoma. En 1988 de manera inesperada, Virgil la llamó por teléfono, y después de tres años de largas charlas telefónicas finalmente volvieron a encontrarse en 1991. «De pronto fue como si aquellos veinte años no hubieran transcurrido», dijo Amy.

En ese momento de sus vidas, los dos sentían un cierto deseo de compañía. Con Amy ese deseo tomó quizá una forma más activa. Vio a Virgil amarrado (tal como ella lo percibió) a una vida vegetativa y monótona: ir al YMCA, ha­cer sus masajes; volver a casa, donde, cada vez más, escu­chaba deportes en la radio; y cada año salía menos y conocía a menos gente. Ella debió de pensar que el recuperar la vista, junto con el matrimonio, le sacarían de esa existencia de solterón indolente y les proporcionaría a ambos una nueva vida.

Virgil se mostró en esto igual de pasivo que en muchas otras cosas. Lo habían enviado a media docena de especialistas a lo largo de los años, y todos habían estado de acuerdo en negarse a operar, creyendo que con toda proba­bilidad Virgil había perdido toda función retinal útil; y Vir­gil parecía aceptar esa unanimidad. Pero Amy no estaba de acuerdo. Estando Virgil ya ciego, dijo, no había nada que perder, y había una posibilidad real, remota pero dema­siado excitante como para obviarla, de que pudiera recupe­rar la vista y, después de casi cuarenta y cinco años, ver otra vez. Y de este modo Amy insistió en que le operaran. La madre de Virgil, temiendo que eso causara algún trastorno a su hijo, se opuso rotundamente. («Está bien así», dijo.) El propio Virgil no mostraba ninguna preferencia en ese asunto; parecía feliz de plegarse a lo que ellos decidieran.

Por fin, a mitad de septiembre, tuvo lugar la operación. A Virgil le quitaron la catarata del ojo derecho y le implan­taron una nueva lente; a continuación le vendaron el ojo, tal como es costumbre, durante las veinticuatro horas de recuperación. Al día siguiente le quitaron el vendaje, y el ojo de Virgil quedó expuesto, sin protección alguna, al mundo. El momento de la verdad había llegado por fin.

¿O quizá no? La realidad del asunto (tal como yo deduje posteriormente), aunque menos «milagrosa» de lo que su­gería el diario de Amy, era infinitamente más extraña. Nada ocurrió en el momento dramático, que se prolongó, y al fi­nal dejó de serlo. Ningún grito («¡Veo!») salió de los labios de Virgil. Parecía mirar sin expresión y sin enfocar, perplejo, al cirujano, que estaba ante él aún con las vendas en la mano. Sólo cuando el cirujano habló -para decir: «¿Y bien?»-, una expresión de reconocimiento cruzó la cara de Virgil.

Virgil me dijo posteriormente que en ese primer mo­mento no tenía ni idea de lo que estaba viendo. Había luz, había movimiento, había color, todo mezclado, todo sin sentido, en una mancha. En ese momento, de la mancha brotó una voz, una voz que dijo: «¿Y bien?» Entonces, y sólo entonces, comprendió finalmente que aquel caos de luz sombras era una cara, de hecho, la cara del cirujano.

Su experiencia fue prácticamente idéntica a la de S. B., un paciente de Richard Gregory que accidentalmente se quedó ciego en la infancia y recibió un trasplante de córnea a los cincuenta años:

 

Cuando le quitaron los vendajes ... oyó una voz delante de él: se volvió hacia la fuente del sonido y vio una «man­cha». Comprendió que debía de ser una cara... Parecía convencido de que no habría sabido que eso era una cara de no haber oído previamente la voz y de no haber sabido que las voces procedían de las caras.

 

El resto de nosotros, que hemos nacido con vista, ape­nas podemos imaginar tal confusión. Para nosotros, nacidos con todo un conjunto de sentidos, al correlacionar el uno con el otro creamos un mundo visual desde el principio, un mundo de objetos visuales, conceptos y significados. Cada mañana, abrimos los ojos a un mundo que hemos pasado toda una vida aprendiendo a ver. El mundo no se nos da: construimos nuestro mundo a través de una incesante experiencia, categorización, memoria, reconexión. Pero cuando Virgil abrió su ojo, tras estar ciego durante cuarenta y cinco años –habiendo tenido poco más que la experiencia visual de un bebé, y ésta ya perdida hacía mucho tiempo–, no ha­bía recuerdos visuales que sustentaran su percepción; care­cía del mundo de la experiencia y del significado. Veía, pero lo que veía no tenía coherencia. La retina y el nervio óptico estaban activos, transmitían impulsos, pero el cere­bro no les encontraba sentido; estaba, tal como dicen los neurólogos, agnósico.

Todo el mundo, Virgil incluido, esperaba algo mucho más simple. Un hombre abre los ojos, la luz entra y derrama en la retina: el hombre ve. Tan simple como eso, imaginamos. Y la propia experiencia del cirujano, al igual que la de la mayoría de oftalmólogos, se circunscribía a quitar catara­tas a pacientes que habían perdido la vista en una época muy tardía de su vida, y tales pacientes, si la operación es un éxito, recuperan la visión normal de una manera prácti­camente inmediata, pues en ningún sentido han perdido su capacidad de ver. Y así, aunque había existido una cuida­dosa discusión quirúrgica de la operación y de las posibles complicaciones postoperatorias, no se habían previsto las dificultades neurológicas y psicológicas con que Virgil po­dría encontrarse.

 

 

Una vez libre de la catarata, Virgil era capaz de ver los colores y los movimientos, de ver (pero no de identificar) grandes objetos y formas, y, asombrosamente, de leer algu­nas letras en la tercera línea del esquema visual estándar de Snellen, la línea correspondiente a una agudeza visual de aproximadamente un 20/100 o un poco más. Pero aunque en el mejor de los casos alcanzara un respetable 20/80, ca­recía de un campo visual coherente, pues su visión central era pobre, y al ojo le resultaba casi imposible concentrarse en un objeto; lo perdía, realizando movimientos de bús­queda al azar, encontrándolo y volviéndolo a perder. Era evidente que la parte central o macular de la retina, espe­cializada en la agudeza y fijación superiores, apenas funcio­naba, y que era sólo la zona que la rodeaba, paramacular, la que hacía posible su visión. La propia retina presentaba un aspecto degenerado o moteado, con zonas de pigmentación incrementada o reducida: isletas de retina intacta o relativamente intacta alternaban con zonas de atrofia. La mácula estaba degenerada y pálida, y los vasos sanguíneos de toda la retina se habían estrechado.

El examen, se me dijo, sugería cicatrices o secuelas de la antigua enfermedad, pero ningún proceso de enfermedad activa, por lo que la visión de Virgil, tal como estaba, podía ser estable durante el resto de su vida. Podía esperarse, además (puesto que primero habían operado el ojo peor), que el ojo izquierdo, que iba a ser operado dentro de pocas semanas, pudiera tener una retina considerablemente más funcional que el derecho.

No pude ir a Oklahoma inmediatamente –mi impulso, tras esa llamada telefónica inicial, fue tomar el primer avión–, pero me mantuve informado del progreso de Virgil durante las semanas siguientes hablando con Amy, con la madre de Virgil y, naturalmente, con el propio Virgil. Tam­bién hablé largamente con el doctor Hamlin y con Richard Gregory, en Inglaterra, para discutir qué materiales para las pruebas debía llevar conmigo, pues jamás me había encon­trado con un caso parecido, ni tampoco sabía de nadie (aparte de Gregory) que se hubiera enfrentado a algo así. Reuní algunos materiales: objetos sólidos, tiras animadas, ilusiones ópticas, cintas de vídeo y pruebas especiales de percepción ideadas por un colega fisiólogo, Ralph Siegel; telefoneé a un amigo oftalmólogo, Robert Wasserman (an­teriormente habíamos trabajado juntos en el caso del pintor ciego al color), y comenzamos a planear la visita. Nos parecía importante no sólo someter a Virgil a esas pruebas, sino ver cómo se las arreglaba en la vida real, dentro y fuera de su casa, en escenarios naturales y en situaciones sociales; también era crucial que le viésemos como a una persona que ha visto cómo su vida –sus inclinaciones, necesidades y ex­pectativas concretas– llegaba a una encrucijada crítica; que conociéramos a su novia, que tanto había insistido en la ope­ración, y con quien su vida estaba ahora tan íntimamente vinculada; que observáramos no sólo sus ojos y capacidad de percepción, sino todo el contenido y pautas de su vida.

Virgil y Amy –ahora recién casados– nos saludaron en la barrera de salida del aeropuerto. Virgil era de estatura media, pero demasiado grueso; se movía con lentitud y tendía a toser y jadear al menor esfuerzo. Era evidente que su salud no era del todo buena. Sus ojos iban de un lado a otro, en movimientos de búsqueda, y cuando Amy nos lo presentó a Bob y a mí, no pareció vernos inmediatamente, miró en nuestra dirección, pero no a nosotros. Tuve la im­presión, momentánea pero intensa, de que no miraba realmente nuestras caras, aunque sonreía y sonreía y escuchaba atentamente.

Me recordó lo que Gregory había observado de su pa­ciente S. B., que «no miraba a la cara de su interlocutor, y no comprendía las expresiones faciales». El comportamiento de Virgil no era desde luego el de un hombre que ve, aunque tampoco el de un ciego. Era más bien el com­portamiento de alguien mentalmente ciego, o agnósico, capaz de ver pero no de descifrar lo que está viendo. Me re­cordaba a un paciente agnósico que tuve, el doctor P. (el hombre que confundió a su mujer con un sombrero), quien, en lugar de mirarme, abarcarme, de la manera nor­mal, observaba con fijeza extraña y repentina mi nariz, mi oreja derecha, mi barbilla, mi ojo derecho, sin ver, sin «cap­tar» mi cara en su totalidad.

Salimos del abarrotado aeropuerto, Amy llevando a Vir­gil del brazo, guiándole hacia el aparcamiento donde ha­bían dejado el coche. A Virgil le encantaban los coches, y uno de sus primeros placeres tras la operación (al igual que le había sucedido a S. B.) había sido observarlos desde la ventana de su casa, disfrutar de su movimiento, y divisar sus colores y formas..., especialmente sus colores. A veces le desconcertaban las formas. «¿Qué coches ve?», le pregun­té mientras caminábamos hacia el aparcamiento. Señaló to­dos los que pasaban. «Ése es azul, ése es rojo... ¡guau, ése es grande!» Encontraba sorprendentes algunas de las formas. «¡Mire ése!» E, inclinándose, lo palpó –era un Jaguar V-12 estilizado y aerodinámico– y confirmó su estrecho perfil. Pero percibía sólo los colores y las formas; habría pasado de largo junto a su propio coche de no haber estado Amy con él. Y a Bob y a mí nos sorprendió el hecho de que mirara, atendiera visualmente, sólo si alguien se lo pedía o le señalaba algo, no espontáneamente. Puede que su vista estuviera en gran parte recuperada, pero utilizar los ojos, mi­rar, estaba claro que era algo muy poco natural en él; todavía tenía muchos de los hábitos, de los comportamientos, de un ciego.[3]

El trayecto del aeropuerto a casa de Virgil fue largo; tuvimos que atravesar el centro de la ciudad y eso nos dio la oportunidad de hablar con Virgil y Amy y de observar las reacciones de Virgil ante la recuperación de la vista. Estaba claro que disfrutaba del movimiento, observando el siem­pre cambiante espectáculo a través de las ventanillas del coche y el movimiento de otros coches en la carretera. Divisó un vehículo que venía detrás de nosotros a una veloci­dad superior a la permitida e identificó coches, autobuses (le gustaban especialmente los autobuses escolares de un vivo amarillo), los camiones de dieciocho ruedas, y en una ocasión, en una carretera secundaria, un lento y ruidoso tractor. Parecía muy sensible a los grandes anuncios y señales de neón, que también le intrigaban, y le gustaba identifi­car las letras mientras pasábamos. Tenía dificultad en leer palabras enteras, aunque a menudo las intuía correctamente a partir de una o dos letras o del estilo de las señales. También había señales que veía pero que no podía leer. Era capaz de ver e identificar los colores cambiantes de los semáforos a medida que nos internábamos en la ciudad.

Él y Amy nos contaron que habían visto otras cosas desde la operación, y algunas de las inesperadas confusio­nes que podían ocurrir. Virgil había visto la luna; era más grande de lo que esperaba.[4] En una ocasión se quedó per­plejo al ver «un gran aeroplano» en el cielo, «clavado, sin moverse». Resultó ser un dirigible. Esporádicamente había visto pájaros; algunas veces, si se le acercaban demasiado, le hacían dar un respingo. (Naturalmente, no se le acerca­ban tanto, explicó Amy. Virgil simplemente no tenía nin­guna noción de la distancia.)

Últimamente Amy y Virgil habían pasado mucho tiempo de compras: habían tenido que preparar la boda, y Amy quería presumir de Virgil, contar su historia a los depen­dientes y comerciantes que conocían, dejar que vieran por ellos mismos a un Virgil transformado.[5] Era divertido; la emisora local de televisión había emitido un reportaje sobre la operación de Virgil, y mucha gente le reconocía y se le acercaba a estrecharle la mano. Pero los supermercados y otras tiendas eran también auténticos espectáculos visuales de objetos de todo tipo, a menudo en envolturas de colores brillantes, y constituían un buen «ejercicio». Entre los obje­tos que había reconocido el mismo día que le quitaron los vendajes estaban los rollos de papel higiénico a la venta. Había cogido un paquete y se lo había entregado a Amy para demostrarle que veía. Tres días después de la opera­ción, habían ido de compras a una gran superficie, y Virgil había visto estantes, fruta, latas, gente, pasillos, carritos... tantas cosas que se había asustado. «Todo ocurría al mismo tiempo», dijo. Necesitaba salir de allí y cerrar los ojos un rato.

Disfrutaba de las vistas armoniosas, dijo, de las verdes co­linas y la hierba –sobre todo después de los excesivos y recargados espectáculos visuales de las tiendas–, aunque era dificil para él, señaló Amy, relacionar las formas visuales de las colinas con las tangibles colinas que había recorrido, pues no tenía idea del tamaño ni de la perspectiva.[6] Pero el primer mes transcurrido desde la recuperación de la vista de Virgil había resultado predominantemente positivo: «Cada día parece una gran aventura, y cada día ve más cosas nue­vas», había escrito Amy, resumiéndolo, en su diario.

Cuando llegamos a casa, Virgil, sin bastón, subió por sí mismo el camino que conducía a la puerta principal, sacó la llave, agarró el pomo, hizo girar la llave y la abrió. Fue impresionante, no lo habría conseguido nunca a la primera, y llevaba practicando desde el día siguiente a la operación. Era el número fuerte de su actuación. Pero dijo que en gene­ral encontraba que andar sin tacto, sin su bastón, le «daba miedo» y le «confundía», pues su apreciación del espacio y la distancia era incierta e inestable. A veces las superficies o los objetos le parecían amenazantes, como si estuvieran encima de él, cuando de hecho se hallaban a bastante distan­cia; a veces le confundía su propia sombra (toda la noción de sombras, de objetos bloqueando la luz, le dejaba perplejo) y se detenía, o daba un traspié o intentaba pasar por encima. Las escaleras, en particular, poseían un riesgo es­pecial, pues lo único que veía era confusión, una superficie plana de líneas paralelas y líneas que se entrecruzaban; no podía verlas (aunque las conociera) como objetos sólidos que subían o bajaban en un espacio tridimensional. Ahora, cinco semanas después de la operación, a menudo se sentía más inválido que cuando estaba ciego, privado de la seguri­dad y la facilidad de movimiento que poseía entonces. Pero esperaba que todo aquello desapareciera con el tiempo.

Yo no estaba seguro; todos los pacientes descritos en la li­teratura sobre el tema se habían encontrado, tras la opera­ción, con grandes dificultades a la hora de percibir el espacio y la distancia, dificultades que se habían prolongado durante meses e incluso años. Éste era incluso el caso de H. S., el in­teligentísimo paciente de Valvo, que no había tenido proble­mas de visión hasta los quince años, cuando la perdió de­bido a una explosión química. Se quedó totalmente ciego hasta que se le practicó un trasplante de córnea veintidós años más tarde. Pero después de eso se encontró con dificul­tades de todo tipo, que grabó minuciosamente en un casete:

 

Durante esas primeras semanas [siguientes a la opera­ción] no percibía la profundidad ni la distancia; las luces de las calles eran manchas luminosas pegadas a los crista­les de las ventanas, y los pasillos del hospital agujeros negros. Cuando cruzaba la calle el tráfico me aterraba, incluso cuando iba acompañado. Me siento muy inseguro caminar; de hecho tengo más miedo que antes de la operación.

 

Nos reunimos en la cocina, en la parte trasera de la casa, donde había una gran mesa de pino blanca. Bob y y sacamos todos los objetos que habíamos llevado para hacerle pruebas —tablas de color, tablas de letras, imágenes, ilusiones ópticas—, los pusimos encima de la mesa y emplazamos una cámara de video para grabarlas. Mientras lo preparábamos todo, el gato y el perro de Virgil aparecieron saltando para darnos la bienvenida, y observamos que Virgil tenía dificultades para saber quién era cada uno. Este cómico y embarazoso problema le angustiaba desde su re­greso del hospital; daba la casualidad de que los dos animales eran blancos y negros, y él los confundía —para enfado de ambos— hasta que podía tocarlos. A veces, decía Amy, veía a Virgil examinado al gato detalladamente, mirándole la cabeza, las orejas, las patas, la cola, y le tocaba suavemente cada parte mientras lo hacía. Yo mismo pude obser­varlo al día siguiente: Virgil palpando y observando a Tib­bles con extraordinaria concentración, comparándolo con el gato. Amy observó que lo hacía una y otra vez («Cualquiera pensaría que con una es suficiente»), pero las ideas nuevas, los reconocimientos visuales, seguían esquivando su mente.

Cheselden describió una escena asombrosamente simi­lar con un joven paciente en la década de 1720:

 

Sólo relataré un pormenor, aunque pueda parecer tri­vial: habiendo olvidado a menudo cuál era el gato y cuál el perro, le daba vergüenza preguntar; pero al coger al gato, que conocía por el tacto, se observó cómo lo miraba fijamente, y a continuación, dejándolo en el suelo, decía: Bueno, minino, la próxima vez te reconoceré ... Al pedirle que identificara cosas concretas ... comentaba con caute­la que podría volver a conocerlas; y (como él mismo decía) conocía, y de nuevo olvidaba, mil cosas cada día.

 

Los primeros reconocimientos formales de Virgil cuando le quitaron los vendajes fueron las letras de la ta­bla de signos del oftalmólogo, y decidimos someterle, en primer lugar, a una prueba de reconocimiento de letras. No veía claramente las letras de un periódico normal —su agudeza todavía era sólo de 20/80—, pero percibía sin difi­cultad las letras que tenían más de ocho milímetros de ta­maño. En esta prueba sus resultados fueron buenos en su mayor parte, y reconoció todas las letras más comunes (al menos las mayúsculas) fácilmente, al igual que había sido capaz de hacerlo desde el momento en que le quitaron los vendajes. ¿Cómo es que tenía tanta dificultad en reconocer las caras, o al gato, y tanta dificultad con las formas en ge­neral, y con el tamaño y la distancia, y sin embargo tan poca dificultad en reconocer las letras? Cuando le planteé esto a Virgil, me dijo que había aprendido el alfabeto al tacto en la escuela, donde habían utilizado letras de molde o letras recortadas para enseñar a los ciegos. Esto me sorprendió y me recordó a S. B., el paciente de Gregory: «Para nuestra sorpresa, incluso podía decir la hora con la ayuda de un gran reloj de pared. Nos quedamos tan sorprendidos que al principio no nos creímos que hubiera es­tado ciego en absoluto antes de la operación.» Pero en sus días de ceguera S. B. había utilizado un gran reloj de ca­zador sin cristal, sabiendo la hora al tacto, y al parecer ha­bía realizado una instantánea transferencia «intermodal», por utilizar el término de Gregory, del tacto a la visión. Al parecer también Virgil debía de haber hecho esa transfe­rencia.

Pero aunque Virgil podía reconocer fácilmente letras in­dividuales, era incapaz de engarzarlas, no podía leer ni ver palabras. Esto me pareció desconcertante, pues él había dicho que en la escuela utilizaban no sólo Braille, sino el alfa­beto inglés en letras grabadas o en relieve, y que había aprendido a leer con bastante fluidez. De hecho, todavía po­día leer fácilmente al tacto las inscripciones en monumen­tos de guerra y en lápidas. Pero sus ojos parecían fijarse en letras concretas y ser incapaces del fácil movimiento de ba­rrido que se necesita para leer. Eso era lo mismo que ocu rría con H. S., que sabía leer y escribir:

 

Mis primeros intentos de leer fueron angustiosos. Podía distinguir las letras una por una, pero me era imposi­ble identificar las palabras completas; sólo lo conseguí después de semanas de intentos agotadores. De hecho, me era imposible recordar todas las letras juntas, después de haberlas leído una por una. También me era imposible, durante las primeras semanas, contar mis propios cinco dedos: sentía que estaban allí, pero... no me era posible pasar de uno a otro mientras contaba.

 

Aparecieron otros problemas a medida que pasábamos el día con Virgil. Captaba continuamente detalles innecesa­rios –un ángulo, un borde, un color, un movimiento–, pero luego no era capaz de sintetizarlos, de formar una percep­ción compleja de un vistazo. Ésta era una de las razones por las que el gato, visualmente, era tan desconcertante: él veía una pata, el hocico, la cola, la oreja, pero no podía verlos juntos, ver el gato como una totalidad.

Amy había comentado en su diario cómo incluso debía aprender las relaciones más «obvias» –visual y lógicamente obvias-. De este modo, nos dijo, pocos días después de la operación «dijo que los árboles no se parecían a ninguna otra cosa de la tierra», pero en su entrada del 21 de octu­bre, un mes después de la operación, anotó: «Virgil ha conseguido finalmente ensamblar las partes de un árbol, ahora sabe que el tronco y las hojas se aúnan para formar una uni­dad completa». Y en otra ocasión: «Los rascacielos le son extraños, no puede comprender cómo consiguen mante­nerse erguidos sin derrumbarse.»

Muchos –o quizá todos– los pacientes en la situación de Virgil habían tenido dificultades parecidas. Uno de tales pa­cientes (descrito por Eduard Raehlmann en 1891), aunque tenía un poco de visión antes de que le operaran y había to­cado perros, «no tenía ni idea de que la cabeza, las piernas y las orejas estuvieran conectadas con el animal». Valvo cita a su paciente T. G.:

 

Antes de la operación yo tenía una idea completamente distinta del espacio, y sabía que un objeto podía ocupar sólo un lugar identificable al tacto. Yo sabía ... también que si había un obstáculo o un escalón al extremo del porche, este obstáculo acaecía después de un cierto período de tiempo, al cual yo estaba acostumbrado. Tras la operación, durante muchos meses, ya no pude coordinar las sensacio­nes visuales con la velocidad de mi paso ... Tenía que coor­dinar tanto mi visión como el tiempo necesario para cubrir la distancia, cosa que encontraba muy dificil. Si el paso era demasiado lento o demasiado rápido, tropezaba.

 

Valvo comenta: «En este caso, la verdadera dificultad es que la percepción simultánea de los objetos es algo insólito para aquellos que están habituados a la percepción secuencial a través del tacto.» Nosotros, con toda una serie de sentidos, vivimos en el espacio y en el tiempo; los cie­gos sólo viven en un mundo de tiempo, pues construyen sus mundos a partir de secuencias de impresiones (tácti­les, auditivas, olfativas) y no son capaces, como sí lo es la gente que ve, de tener una percepción visual simultánea, de crear una escena visual instantánea. De hecho, si uno ya no puede ver en el espacio, entonces la idea de espacio se vuelve incomprensible, incluso para las personas de mayor inteligencia que han quedado ciegas en una época relativamente tardía de la vida (ésta es la tesis central de la gran monografía de Von Senden). Y nos lo transmite pode­rosamente John Hull cuando habla de sí mismo, del ciego, como alguien que casi exclusivamente «vive en el tiempo». Con los ciegos, escribe:

 

esta sensación de estar en un lugar es menos pronun­ciada... El espacio se reduce al propio cuerpo de uno, y la posición del cuerpo se conoce no mediante los objetos que han pasado sino por cuánto tiempo ha estado en movimiento. De este modo, la posición viene medida por el tiempo... Para los ciegos, las personas no están presentes a menos que hablen... Las personas están en movimiento, son temporales, vienen y van. Llegan de la nada; desapa­recen.

 

Aunque Virgil era capaz de reconocer letras y números, y también de escribirlos, confundía algunas bastante simila­res (la «A» y la «H», por ejemplo), y en una ocasión escribió algo al revés. (Hull cuenta cómo, después de cinco años de ceguera tras haber sido vidente durante más de cuarenta, su propia memoria visual se había vuelto tan vacilante que no estaba seguro de a qué lado se redondeaba un «3» cuando lo trazaba en el aire con los dedos. Así, el numeral era retenido como un concepto táctil-motor, pero ya no como un concepto visual.) Aun con todo, Virgil lo estaba haciendo muy bien para ser alguien que no había visto en cuarenta y cinco años. Pero el mundo no estaba hecho de letras y números. ¿Cómo le iría con objetos e imágenes? ¿Cómo le iría con el mundo real?

Sus primeras impresiones cuando le quitaron los venda­jes fueron especialmente cromáticas, y parecía ser el color, algo que no tiene análogo alguno en el mundo del tacto, lo que más le excitaba y encantaba: todo ello quedaba muy claro por la manera en que hablaba y por el diario de Amy. (La identificación de los colores y el movimiento parecen ser algo innato.) Era los colores a lo que continuamente aludía Virgil, y a lo cromáticamente imprevisible que era lo que veía. Había tomado ensalada griega y espaguetis la noche antes, nos contó, y los espaguetis le dejaron atónito: «Cuerdas blancas y redondas, como sedal», dijo. «Creía que serían marrones.»

Ver luz, forma y movimientos, por encima de todo ver colores, había sido algo completamente inesperado, y había tenido un impacto fisico y emocional casi chocante, explo­sivo. («Yo percibía la violencia de esas sensaciones», escribe el paciente de Valvo, H. S., «como un golpe en la ca­beza. La violencia de la emoción ... era parecida a la fortí­sima emoción que sentí al ver a mi mujer por primera vez, y a cuando vi los enormes monumentos de Roma.»)

Descubrimos que Virgil distinguía fácilmente una gran variedad de colores y los combinaba sin dificultad. Pero, para su desconcierto y el nuestro, daba a los colores nom­bres erróneos; al amarillo, por ejemplo, lo llamaba rosa, pero sabía que era el color del plátano. Al principio nos preguntamos si padecería una agnosia o una anomia cromá­tica: defectos a la hora de asociar el color con los objetos o de nombrar el color debidos a daños sufridos en zonas es­pecíficas del cerebro. Pero nos pareció que sus dificultades procedían simplemente de la falta de aprendizaje (o del ol­vido), del simple hecho de que una ceguera precoz y pro­longada había impedido que asociara algunos de los colores con sus nombres o le había hecho olvidar algunas de las asociaciones realizadas. Dichas asociaciones, y las conexio­nes neurales que las sustentan, ya de por sí débiles, habían perdido fuerza en su cerebro no por algún deterioro o en­fermedad, sino simplemente por desuso.

Aunque Virgil creía tener recuerdos visuales, incluyendo los cromáticos, de un pasado remoto —en nuestro trayecto desde el aeropuerto había hablado de su infancia en la granja de Kentucky («Veo el riachuelo que discurría por en medio», «pájaros en la cerca», «la vieja casa blanca y grande»)—, yo me veía incapaz de decidir si eran recuerdos auténticos, imá­genes visuales de su mente, o simples descripciones verbales sin imágenes (como las de Helen Keller).

¿Cómo se le daban las formas? Aquí las cosas eran más complicadas, pues en las semanas siguientes a su operación Virgil había estado practicando con las formas, relacio­nando su aspecto y su tacto. Con el color no había tenido que hacerlo así. Al principio había sido incapaz de recono­cer ninguna forma visualmente, ni siquiera formas tan sim­ples como un cuadrado o un círculo, que reconocía instan­táneamente al tacto. Para él, tocar un cuadrado no se correspondía en absoluto con ver un cuadrado. Ésa fue su respuesta a la pregunta de Molyneux. Por esta razón había comprado, entre otras cosas, un tablero de formas de madera para niños, con bloques sencillos y grandes -cuadrado, triángulo, círculo y rectángulo- para encajar en agujeros correspondientes, y hacía que Virgil practicara cada día. Al principio Virgil encontró aquella tarea imposible, pero ahora, después de un mes, le resultaba bastante fácil. Todavía tenía tendencia a palpar los agujeros y formas antes de emparejarlos, pero cuando se lo prohibimos  los encajó con bastante facilidad sólo mirando.

Los objetos sólidos, era evidente, presentaban mucha más dificultad, pues su aspecto era muy variable; y una gran parte de las cinco semanas anteriores se había dedicado a la exploración de los objetos, a sus inesperadas variaciones de apariencia al verse de lejos o de cerca, o medio ocultos, o desde diferentes ángulos o lugares.

El día que regresó a casa después de que le quitaran los vendajes, su casa y lo que había en ella le resultaba incom­prensible, y tuvieron que llevarlo al camino del jardín, guiarle por toda la casa, introducirlo en cada habitación y presentarle cada silla. Al cabo de una semana, con la ayuda de Amy, había establecido una línea canónica: una línea concreta que subía el camino, atravesaba la sala de estar y acababa en la cocina, junto con otras líneas complementa­rias que conducían al cuarto de baño y al dormitorio. Si se desviaba de esa línea, se quedaba totalmente desorientado. Entonces, con cautela y con la ayuda de Amy, comenzó a utilizar esa línea como base para moverse por la casa, realizando breves salidas y excursiones a cada lado de ella, para poder ver la habitación, percibir sus paredes y contenidos desde distintos ángulos, y crearse una idea de espacio, de solidez y perspectiva.

Mientras Virgil exploraba las habitaciones de su casa, in­vestigando, por así decir, la construcción visual del mundo, me recordaba a un niño acercando y separando las manos de la cara, meneando la cabeza, volviéndose a uno y otro lado, en su construcción primaria del mundo. Casi ninguno de nosotros tiene noción de la inmensidad de esa construc­ción, pues la llevamos a cabo de una manera global, inconsciente, miles de veces al día, de una mirada. Pero no ocurre así con un bebé, ni tampoco ocurría con Virgil, y tampoco, digamos, con un artista que desee experimentar sus percep­ciones elementales de una manera fresca y nueva. Cézanne escribió una vez: «El mismo tema, visto desde un ángulo distinto, ofrece materia de estudio del mayor interés y tan variado que creo que podría ocuparme meses enteros sin cambiar de lugar, simplemente inclinándome más a la iz­quierda o a la derecha.»

Alcanzamos una constancia perceptiva, -la correlación de todos los distintos aspectos, las transformaciones de los objetos- en una fase muy temprana, en los primeros meses de vida. Constituye una inmensa tarea de aprendizaje, pero se alcanza de un modo tan simple, tan inconsciente, que apenas se comprende su enorme complejidad (aunque sea un logro que ni siquiera los más poderosos superordenado­res pueden igualar ni de lejos). Pero a Virgil, tras medio si­glo de olvido de todos los engramas visuales que había construido, el aprender o reaprender todas estas transforma­ciones le exigía cada día horas de consciente y sistemática exploración. Ese primer mes, por tanto, fue de exploración sistemática, mediante la vista y el tacto, de todas las pequeñas cosas de la casa: fruta, verduras, botellas, latas, la cubertería, flores, las fruslerías que había sobre el mantel, dándo­les vueltas y vueltas, acercándoselas, a continuación aleján­doselas todo lo que le permitía el brazo, intentando sintetizar sus variados aspectos en una idea de objeto unitario.[7]

A pesar de lo irritante que puede resultar intentar ver, Virgil lo soportaba con ánimo, y aprendía continuamente. Ahora tenía pocas dificultades a la hora de reconocer la fruta, las botellas, las latas de la cocina, las distintas flores que había en la sala de estar y otros objetos comunes en la casa.

Los objetos poco familiares eran mucho más difíciles. Cuando saqué el manguito para medir la presión sanguínea de mi maletín de médico, se quedó completamente atónito, y no comprendió lo que era, pero lo reconoció inmediatamente cuando le permití tocarlo. Los objetos móviles presentaban un problema especial, pues su aspecto cambiaba constantemente. Incluso su perro, me dijo, parecía tan dis­tinto de un momento a otro que se preguntaba si era el mismo perro.[8] Se sentía completamente perdido por lo que que se refería a los rápidos cambios en la fisionomía de los demás. Tales dificultades son casi universales entre quienes perdieron la vista a una edad muy temprana y la recuperan. El paciente de Gregory S. B. no podía reconocer las caras individuales, ni sus expresiones, un año después de que le hubieran operado los ojos, a pesar de que tenía una visión básica perfectamente normal.

¿Y con las imágenes en dos dimensiones? Aquí los infor­mes que teníamos sobre Virgil eran contradictorios. Se decía que le encantaba la televisión, que seguía todo lo que daban, y de hecho había un enorme televisor nuevo en la sala de estar, un emblema de la nueva vida de Virgil como persona que veía. Pero cuando le hicimos las primeras pruebas con imágenes fijas, fotos de revistas, no tuvo mu­cho éxito. Era incapaz de ver a la gente, de ver los objetos: no comprendía la idea de la representación. El paciente de Gregory S. B. tenía problemas similares. Cuando le enseñaron una foto de los Cambridge Backs, donde aparecía el río y King's Bridge, Gregory nos cuenta:

 

Fue incapaz de comprenderla. No veía que en aquella escena hubiera un río, y no reconocía el agua o el puente ... Según parecía, S. B. no tenía ni idea de qué objetos esta­ban delante o detrás de otros en ninguna de las fotos en co­lor ... Nos formamos la impresión de que veía poco más que manchas de color.

 

Algo similar ocurrió con el joven paciente de Cheselden:

 

Pensábamos que habría aprendido pronto lo que las fo­tos representaban ... pero enseguida descubrimos que está­bamos equivocados, pues unos dos meses después de ser operado descubrió de pronto que representaban cuerpos sólidos, mientras que hasta entonces había creído que sólo eran planos parcialmente coloreados, o superficies diversi­ficadas y pintadas de colores variados; pero incluso enton­ces se quedó sorprendido, pues esperaba que las imágenes tuvieran el mismo tacto que las cosas que representaban... y preguntaba cuál era el sentido que mentía, ¿el tacto o la vista?

 

Las cosas tampoco fueron mejor con las imágenes en movimiento de la pantalla de televisión. Conscientes de la pasión de Virgil por escuchar las retransmisiones de parti­dos de béisbol, encontramos un canal que retransmitía uno. Al principio parecía seguirlo visualmente, pues podía describir al que estaba bateando y lo que estaba ocurriendo. Pero tan pronto como le quitamos el sonido se sintió perdido. Era evidente que veía poco más que líneas de luz y colores y movimientos, y que todo el resto (lo que le parecía ver) era interpretación, realizada velozmente, y quizá conscientemente, en consonancia con el sonido. No estábamos nada seguros de qué habría ocurrido de presenciar un partido de verdad..., nos parecía posible que pudiera verlo y disfrutarlo bastante; era en la representación de la realidad en dos dimensiones, pictórica, fotográfica o televisiva donde se hallaba completamente perdido.

Virgil llevaba dos horas haciendo pruebas y comenza a sentirse cansado —cansado visual y cognitivamente: así solía sentirse desde la operación—, y cuando se cansaba veía cada vez menos y tenía más dificultades a la hora de comprender lo que podía ver.[9]

De hecho, incluso nosotros estábamos un poco impa­cientes y queríamos salir después de pasar toda la mañana haciéndole pruebas. Le preguntamos, como tarea final an­tes de ir a dar un paseo en coche, si se sentía capaz de ha­cer un dibujo. Primero le sugerimos que dibujara un marti­llo. (Un martillo fue el primer objeto que dibujó S. B.) Virgil estuvo de acuerdo, y de una manera bastante tem­blorosa comenzó a dibujar. Tenía tendencia a guiar el mo­vimiento del lápiz con la mano que tenía libre. («Sólo lo hace porque ahora está cansado», dijo Amy.) A continua­ción dibujó un coche (muy alto y pasado de moda), un avión (al que le faltaba la cola: habría sido dificil hacerlo volar); y una casa (plana y tosca, como el dibujo de un niño de tres años).

 

 

Cuando finalmente salimos de casa, nos encontramos con una resplandeciente mañana de octubre, y Virgil quedó cegado durante un minuto, hasta que se puso unas gafas de sol. Incluso la luz normal del día, dijo, le parecía demasido brillante, demasiado deslumbrante; le parecía ver mejor cuando la luz estaba un poco amortiguada. Le preguntamos adónde le gustaría ir, y tras pensárselo un poco dijo: «Al zoo.» Dijo que nunca había estado en el zoo, y que sentía curiosidad por ver qué aspecto tenían los dis­tintos animales. Adoraba a los animales desde sus días de infancia en la granja.

Tan pronto como llegamos al zoo, la sensibilidad de Virgil al movimiento resultó sorprendente. Al principio se quedó perplejo ante un extraño movimiento de pavoneo; le hizo sonreír, pues nunca lo había visto antes.

—¿Qué es? —preguntó.

—Un emú.

No estaba seguro de lo que era un emú, de modo que le pedimos que lo describiera. Tuvo dificultades y sólo pudo decir que era aproximadamente del tamaño de Amy —ella y el emú estaban de pie uno al lado del otro en ese momento—, pero que los movimientos del animal eran muy distintos de los de ella. Quería tocar al emú, palparlo. Pensaba que si lo hacía lo vería mejor. Por desgracia no estaba permitido tocar a los animales.

Lo siguiente que le llamó la atención fue un movimiento brincante no lejos de donde estaba, y de inmediato comprendió —o mejor dicho conjeturó— que debía de tratarse de un canguro. Sus ojos siguieron el movimiento atentamente, pero dijo que era incapaz de describirlo a menos que pudiera tocarlo. Por entonces nos preguntábamos qué podía ver exactamente, y qué, de hecho, quería dar a enten­der cuando decía «ver».

Nos parecía que, en general, Virgil podía identificar a un animal ya fuera por su movimiento o en virtud de un solo rasgo —así, podía identificar a un canguro porque saltaba, a una jirafa por su altura, a una cebra por sus rayas—, pero no podía formarse ninguna impresión global del animal. Tam­bién era necesario que el animal estuviera nítidamente defi­nido en relación con lo que le servía de fondo; no podía identificar a los elefantes, a pesar de su trompa, porque es­taban a considerable distancia, y además se hallaban contra un fondo de color pizarra.

Finalmente fuimos al recinto de los monos; Virgil sentía curiosidad por ver al gorila. Fue incapaz de verlo cuando se medio escondió entre los árboles, y cuando finalmente salió a espacio abierto Virgil pensó que, aunque se movía de modo distinto, era exactamente igual que un hombre grande. Por suerte, en el recinto había una estatua de bronce de tamaño natural de un gorila, y le dijimos a Virgil, que había sentido muchos deseos de tocar a los animales, que cuando menos podía examinar la estatua. La exploró rápida y minuciosamente con las manos, y puso una expre­sión de seguridad en sí mismo que no mostraba al examinar algo con la vista. Comprendí —quizá todos lo comprendi­mos en ese momento— cuán competente y autosuficiente había sido de ciego, de qué manera tan fácil y natural había experimentado este mundo con las manos, y cómo nosotros ahora, por así decir, le obligábamos a ir contracorriente: le exigíamos que renunciara a todo lo que le resultaba más fá­cil, que percibiera el mundo de una manera que le era increíblemente difícil y ajena.[10]

Su cara pareció iluminarse de comprensión cuando palpó la estatua. «No se parece en nada a un hombre», mur­muró. Una vez examinada la estatua, abrió los ojos y se vol­vió hacia el gorila real que estaba ante él en el recinto. Y entonces, de una manera que antes le hubiera sido imposi­ble, describió la postura del mono, la manera en que los nu­dillos tocaban el suelo, la pequeñas piernas patizambas, los grandes caninos, la enorme protuberancia de la cabeza, se­ñalando cada rasgo mientras lo hacía. Gregory relata un maravilloso episodio con su paciente S. B., que desde siem­pre se había interesado por las herramientas y la maquinaria. Gregory le llevó al Museo de la Ciencia de Londres para que viera su magnífica colección:

 

El episodio más interesante fue su reacción al torno paralelo de Maudeslay, que se halla en una vitrina de cristal especial ... Le condujimos a la vitrina de cristal, que estaba cerrada, y le pedimos que nos dijera qué había en ella. Fue incapaz de decir nada acerca del torno, excepto que le parecía que la parte más cercana a él era un asa ... A continuación le pedimos al guarda del museo (anteriormente ya habíamos quedado de acuerdo con él) abriera la vitrina, y a S. B. se le permitió tocar el torno. El resultado fue asombroso ... Recorrió el torno ávidamente con los dedos, apretando los ojos. A continuación retrocedió un poco, abrió los ojos y dijo: «Ahora que lo he tocado puedo verlo.»

 

Lo mismo le pasó a Virgil con el gorila. Este espectacular ejemplo de cómo el tocar hace que sea posible ver explicaba algo que siempre me había dejado perplejo. Desde la operación, Virgil había comenzado a comprar soldados de juguete, coches de juguete, animales de juguete, miniaturas de edificios famosos –todo un mundo liliputiense-, pasaba horas con ellos. No era simple infantilismo ni ganas de jugar lo que le había llevado a tales pasatiempos. Al to­carlos y verlos simultáneamente, podía forjarse una rela­ción importantísima; podía preparase para ver el mundo real aprendiendo primeramente con ese mundo de ju­guete. La disparidad de escala no importaba, no más de lo que le había importado a S. B., quien instantáneamente era capaz de decir la hora que marcaba un gran reloj de pared porque la relacionaba con la que sabía al tacto en su reloj de bolsillo.

 

 

A la hora de almorzar, fuimos a un restaurante de pescado, y mientras comíamos de vez en cuando yo le lanzaba miradas furtivas a Virgil. Observé que comenzaba a comer como lo haría alguien con la vista normal, ensartando con precisión los segmentos de tomate que había en su ensa­lada. A continuación, mientras proseguía, su puntería em­peoró: su tenedor empezó a no acertar con sus objetivos, y a flotar indeciso en el aire. Finalmente, incapaz de «ver» ni de comprender lo que había en su plato, abandonó todo esfuerzo y comenzó a utilizar las manos, a comer como solía hacerlo antes, como lo hace un ciego. Amy ya me había ha­blado de tales recaídas y las había descrito en su diario. Regresiones parecidas habían ocurrido, por ejemplo, con su manera de afeitarse, pues comenzaba con un espejo, ha­ciéndolo con ayuda de la vista, con tensa concentración. A continuación los movimientos de la cuchilla se volvían más lentos, y comenzaba a escrutar indeciso la cara que estaba en el espejo, o intentaba confirmar mediante el tacto lo que veía a medias. Finalmente apartaba la mirada del espejo, o cerraba los ojos, o apagaba la luz, y finalizaba su labor al tacto.

Nos sorprendió muy poco que Virgil pasara por perío­dos de aguda fatiga visual posteriores a un constante esfuerzo o uso de la vista; todos nosotros pasamos por ello si le exigimos mucho a nuestra vista. A veces le ocurre a mi propio sistema visual si, por ejemplo, miro sin parar un electroencefalograma durante tres horas: comienzo a pasar cosas por alto en los gráficos, y veo deslumbrantes imáge­nes persistentes de los garabatos allí donde miro –las paredes, el techo, todo el campo visual–, y en ese momento tengo que detenerme y hacer otra cosa, o, mejor aún, ce­rrar los ojos durante una hora. Y el sistema visual de Virgil, comparado con uno normal, debía de estar en una fase inestable en extremo.

Menos fáciles de comprender, y quizá más alarmantes y peligrosos, eran los largos períodos de «borrosidad» –vista o gnosis deteriorada– que duraban horas o incluso días, surgiendo espontáneamente, sin razón obvia. Bob Wasser­man se quedó muy desconcertado por las descripciones que Virgil y Amy hicieron de tales fluctuaciones; había practicado la oftalmología durante veinticinco años y había eliminado muchas cataratas, pero nunca se había encon­trado con fluctuaciones de ese tipo.

Después de comer fuimos todos al consultorio del doc­tor Hamlin, quien había tomado detalladas fotografías de la retina después de la operación, y Bob, al examinar el ojo (con una oftalmoscopia directa e indirecta) y compararlo con las fotografías, no veía trazas de ninguna complicación postoperatoria. (Una prueba especial –la angiografía con fluoresceína– mostraba un cierto grado de edema quístico, pero eso no habría hecho que las rápidas fluctuaciones fueran tan grandes.) Puesto que al parecer esas fluctuaciones no tenían causa local u ocular, Bob se preguntó si detrás de ello no habría alguna causa médica –nos había sorprendido, tan pronto como conocimos a Virgil, comprobar que su estado de salud no parecía muy bueno– o si podían representar una reacción nerviosa del sistema visual cerebral a las condiciones de sobrecarga sensorial o cognitiva. Para las personas de vista normal no supone ningún esfuerzo construir formas, límites, objetos y escenas a partir de sensaciones puramente visuales; han estado realizando dichas construcciones visuales, elaborando un mundo visual, desde el momento de su nacimiento, y sin ningún esfuerzo han desarrollado un vasto aparato cognitivo para ha­cerlo. (Normalmente, la mitad de la corteza cerebral se dedica al proceso visual.) Pero en el caso de Virgil dichas facultades cognitivas, subdesarrolladas, eran rudimentarias; era muy fácil que las partes visual-cognitivas de su cerebro se hubieran visto desbordadas.

En todos los animales, los sistemas cerebrales pueden responder a una estimulación excesiva, a una estimulación que supera un punto crítico, con un repentino cierre.[11] Tales reacciones no tienen nada que ver con los individuos o sus motivaciones. Son puramente locales y fisiológicas y pueden ocurrir incluso en zonas aisladas de la corteza ce­rebral: son una defensa biológica contra la sobrecarga ner­viosa.

Sin embargo, los procesos perceptivo-cognitivos, al tiempo que fisiológicos, son también personales –no es un mundo lo que uno percibe o construye, sino el propio mun­do–, y conducen y están vinculados a un yo perceptivo, a una voluntad, una orientación y un estilo propio. Este yo perceptivo puede desmoronarse si se desmoronan los siste­mas perceptivos, alterando la orientación de la mismísima identidad del individuo. Si esto ocurre, un individuo no sólo se queda ciego, sino que deja de comportarse como un ser visual, no comunica ningún cambio en su estado inte­rior, y es completamente inconsciente de si ve o no. Dicho estado de ceguera psíquica total (conocido como el sín­drome de Anton) puede ocurrir si las partes visuales del ce­rebro han sufrido un daño importante, por ejemplo a causa de una apoplejía. Pero a Virgil parecía ocurrirle lo mismo. En dichas ocasiones, por ejemplo, él podía hablar de «ver» mientras que de hecho parecía ciego y no mostraba ningún comportamiento visual. Uno se veía obligado a preguntarse si toda la base de la percepción visual y la identidad, en el caso de Virgil, era todavía tan débil que bajo condiciones de sobrecarga o agotamiento podía sucumbir no sólo a una ce­guera puramente fisica, sino a una ceguera psíquica total como la de Anton.

Un tipo muy distinto de cierre visual —una retirada— pa­recía asociarse a situaciones de gran tensión o conflicto emocional. Y Virgil quizá no había vivido una época de mayor tensión: acababan de operarle, acaba de casarse; el tranquilo discurrir de su vida de ciego y de soltero había quedado hecho trizas; estaba sometido a la tremenda pre­sión de lo que se esperaba de él; y el hecho de ver era en sí mismo confuso, agotador. Estas presiones se habían incre­mentado a medida que se acercaba el día de su boda, espe­cialmente con la llegada de su familia a la ciudad; su familia no se había opuesto a la operación, pero ahora insistían en que de hecho estaba ciego. Todo esto quedaba documen­tado en el diario de Amy:

 

9 de octubre: Hemos ido a decorar la iglesia para la boda. La visión de Virgil es muy borrosa. No distingue gran cosa. Es como si su vista cayera en picado. Virgil vuelve a actuar como si estuviera «ciego»... Tengo que guiarle a to­das partes.

11 de octubre: La familia de Virgil llega hoy. Su vista parece haberse tomado unas vacaciones ... ¡Es como si volviera a estar ciego! Ha llegado la familia. No podían creer que fuera incapaz de ver. Cada vez que él decía que veía algo ellos decían: «Ah, te imaginas que es así.» Le tra­taban como si estuviese totalmente ciego: le guiaban a to­das partes, le daban todo lo que quería ... Estoy muy ner­viosa, y Virgil ha perdido la vista ... Quiero estar segura de que estamos haciendo lo correcto.

12 de octubre: Día de la boda. Virgil está muy tran­quilo ... visión un poco más clara, pero todavía borrosa ... Pudo verme llegando al altar, pero todavía de manera muy borrosa ... La boda ha sido bonita. Banquete en casa de mamá. Virgil rodeado por su familia. Todavía no pue­den aceptar que ve, aunque tampoco consiga ver gran cosa. Esta noche se ha despedido de su familia. Ha empe­zado a ver más claro en cuanto se han ido.

 

En estos episodios, Virgil fue tratado por su familia como un ciego, su identidad fue negada o socavada, y él reaccionó sumisamente, actuando e incluso convirtiéndose en ciego, en una renuncia o regresión de parte de su ego, hasta llegar a un aplastante y aniquilador rechazo de su identidad. Tal regresión había que considerarla motivada, aunque de manera inconsciente: una inhibición sobre una base «funcional». De este modo parecía haber dos formas distintas de «comportamiento de ciego», dos modos de «ser ciego»: uno sería el colapso del proceso e identidad visuales sobre una base orgánica (un trastorno neuropsico­lógico, en la jerga neurológica), y el otro un colapso o in­hibición de la identidad visual sobre una base funcional (un trastorno psiconeurótico), aunque no menos real para él. Dada la extrema debilidad orgánica de su visión —la inestabilidad de sus sistemas visuales y de la identidad visual en ese momento—, a veces era muy dificil saber qué estaba ocurriendo, distinguir entre lo «fisiológico» y lo «psi­cológico». Su visión era tan marginal, tan cercana al límite, que la sobrecarga nerviosa o el conflicto de identidad po­dían empujarle a traspasarlo.[12]

Marius von Senden en su clásico libro Space and Sight (1932), analizaba todos los casos publicados en un período de trescientos años y concluía que todo adulto que aca­baba de recuperar la vista llegaba tarde o temprano a una «crisis de motivación», y que no todos los pacientes la su­peraban. Nos habla de un paciente que se sentía tan ame­nazado por la visión (para él, ver habría significado aban­donar el asilo para ciegos y la novia que tenía allí) que amenazó con arrancarse los ojos; pero cita numerosos ca­sos de pacientes que «se comportan como ciegos» o «se niegan a ver» tras la operación, y de otros que, medrosos ante lo que pueda implicar la visión, se negaban a ope­rarse (uno de estos casos, titulado «L'Aveugle qui refuse de voir», se publicó en fecha tan temprana como 1771). Tanto Gregory como Valvo se refieren a los peligros emocionales de forzar un nuevo sentido, en cómo tras la euforia inicial puede aparecer una devastadora (e incluso letal) depre­sión.

Precisamente una depresión así padeció el paciente de Gregory: la época que S. B. pasó en el hospital estuvo llena de excitación y progresos en el plano perceptivo. Pero la promesa acabó frustrándose. Seis meses después de la ope­ración, Gregory escribía:

 

Nos formamos la sólida impresión de que su vista le era totalmente decepcionante. Le permitía hacer un poco más ... pero quedó claro que las oportunidades que se le ofrecían eran menos de las que había imaginado ... En gran medida todavía tenía que vivir como un ciego, y a veces ni siquiera se molestaba en dar la luz por la noche ... Dejó de llevarse bien con sus vecinos, que le consideraban «raro», y sus compañeros de trabajo [que antes le admira­ban] le gastaban bromas o se metían con él por su incapa­cidad de leer.

 

Su depresión se agudizó, se puso enfermo, y dos años después de su operación S. B. murió. Siempre había tenido una salud de hierro, y en otro tiempo había disfrutado de la vida; sólo tenía cincuenta y cuatro años.

Valvo nos presenta seis casos ejemplares, y una profunda discusión de los sentimientos y el comportamiento de personas que, ciegas desde la infancia, se encuentran con que tienen que enfrentarse con el «don» de la vista y con la necesidad de renunciar a un mundo, a una identidad, y abrazar otro.[13]

Uno de los principales conflictos de Virgil, que com­parten todas las personas que acaban de recuperar la vista, era la incómoda relación entre vista y tacto, el hecho de no saber si mirar o tocar. Eso fue obvio en Virgil desde el día de la operación, y muy evidente el día que le vimos, cuando apenas podía apartar las manos del tablero de formas, anhelaba tocar los animales y ya no ensartaba la comida. Su vocabulario, toda su sensibilidad, su imagen del mundo, se expresaban en términos táctiles —o cuando menos no visuales–. Era, o había sido hasta su opera­ción, una persona para la que el tacto había sido fundamental.

Ha quedado perfectamente probado que en personas congénitamente sordas (especialmente si tienen un don innato para hablar por signos) parte de las zonas auditivas del cerebro se han reasignado para desempeñar una fun­ción visual. También ha quedado perfectamente probado que en los ciegos que leen Braille el dedo índice lector po­see una representación excepcionalmente grande en las zonas de la corteza cerebral destinadas a la elaboración táctil. Y uno sospecharía que las zonas táctiles (y auditivas) de la corteza se agrandan en los ciegos y pueden incluso ampliarse a lo que es normalmente la corteza visual. En ausencia de estimulación visual, la corteza visual que queda puede estar enormemente subdesarrollada. Parece probable que tal diferenciación del desarrollo cerebral si­guiera a la pérdida precoz de un sentido y al reforzamiento de los demás.

Si ése era el caso de Virgil, ¿qué podía ocurrir si la fun­ción visual se hiciera de pronto posible, si fuera exigida? Uno podría esperar, desde luego, cierto aprendizaje visual, cierto desarrollo de nuevas vías en las partes visuales del cerebro. Nunca ha existido documentación del despertar de la actividad en la corteza visual de un adulto, y esperábamos realizar algunas exploraciones mediante tomografía por emisión de positrones de la corteza visual de Virgil para mostrar lo que sucedía mientras aprendía a ver. ¿Pero cómo sería este aprendizaje, esta activación? ¿Sería como la de un bebé cuando aprende a ver por primera vez? (Ésa fue la primera idea de Amy.) Pero las personas que recuperan la vista no están en la misma línea de partida, neurológicamente hablando, que los bebés, cuya corteza cerebral es equipotencial: igualmente adaptada a cualquier forma de percepción. La corteza de un adulto con ceguera precoz, como era Virgil, se ha adaptado extraordinariamente a or­ganizar percepciones en el tiempo y no en el espacio.[14]

Un niño simplemente aprende. Se trata de una tarea inmensa e interminable, pero no lleva aparejada ningún con­flicto irresoluble. Un adulto que acaba de recuperar la vista, por el contrario, tiene que llevar a cabo un cambio radical desde un modo secuencial hasta otro visual-espa­cial, y dicho cambio desafía la experiencia de toda una vida. Gregory subraya esto, señalando cómo el conflicto y la crisis son inevitables si «los hábitos de percepción y las estrategias de toda una vida» sufren un cambio. Dichos conflictos forman parte de la misma naturaleza del sistema nervioso, pues los adultos que quedaron ciegos de peque­ños y se han pasado toda la vida adaptando y especiali­zando su cerebro, deben pedirle que invierta todo ese proceso. (Además, el cerebro de un adulto ya no posee la plasticidad del de un niño: por eso aprender idiomas nue­vos y oficios nuevos se hace más difícil con la edad. Pero en el caso de un hombre que ha estado ciego, aprender a ver no es como aprender un idioma nuevo; es, tal como lo expresa Diderot, como aprender el lenguaje por primera vez.)

En aquellas personas que acaban de recuperar la vista, aprender a ver exige un cambio radical en el funcionamiento neurológico, y con ello un cambio radical en el funcionamiento psicológico, en el yo, en la identidad. El cambio puede experimentarse, literalmente, en términos de vida o muerte. Valvo cita a un paciente suyo que decía: «Uno debe morir como persona dotada de vista para nacer            de nuevo como ciego», y lo opuesto es igualmente cierto: hay que morir como ciego para volver a nacer como una persona que ve. Es la fase intermedia, el limbo –«entre dos mundos, uno muerto / y el otro incapaz de nacer»–, lo te­rrible. Aunque al principio la ceguera puede ser una priva­ción y una pérdida espantosa, puede serlo cada vez menos a medida que pasa el tiempo, pues se produce una profunda adaptación o reorientación, mediante la cual el individuo recompone el mundo, se reapropia de él en términos no vi­suales. Entonces la ceguera se convierte en un estado dis­tinto, en una forma de ser diferente, que posee sus propias sensibilidad, coherencia y sensaciones. John Hull lo llama «ceguera profunda» y lo ve como «uno de los órdenes natu­rales de la existencia humana».[15]

El 31 de octubre, a Virgil le quitaron la catarata del ojo izquierdo, revelando una retina, y una agudeza visual, simi­lar a la del ojo derecho. Esto fue una gran decepción, pues existía la esperanza de que ese ojo estuviera en mucho me­jor estado, lo suficiente para que marcara una diferencia fundamental en su visión. Ésta mejoró ligeramente: le costaba menos fijarse, los movimientos de búsqueda del ojo eran menores, y su campo visual se había ampliado.

Ahora que veía con los dos ojos, Virgil regresó al trabajo, pero se encontró con que, cada vez más, el hecho de ver te­nía su envés, en gran parte era algo confuso, y a veces sim­plemente horrible. Había trabajado feliz en el YMCA durante treinta años, dijo, y creía conocer los cuerpos de sus clientes. Ahora le asustaba ver esos cuerpos y las pieles que previamente había conocido sólo al tacto; le asombraba la variedad de colores de piel que veía y le disgustaban las imperfeccio­nes y «manchas» en pieles que a sus manos les habían pare­cido completamente tersas.[16]  Virgil descubrió que cuando daba masajes cerrar los ojos le proporcionaba un gran alivio.

En las semanas siguientes, su vista siguió mejorando, es­pecialmente cuando tenía libertad para seguir su propio ritmo. Hacía todo lo que podía para vivir como un vidente, aunque en esa época fue víctima de más conflictos. De vez en cuando expresaba temor ante el hecho de tener que dejar el bastón y caminar y cruzar las calles sólo mediante la vista; y en una ocasión expresó su temor ante el hecho de que los demás «esperaran» que condujera y buscara un empleo totalmente nuevo «que le exigiera ver». Fue una época de mucho esfuerzo y verdaderos éxitos, aunque uno tenía la impresión de que el éxito se había alcanzado con cierto coste psicoló­gico, un coste de tensión y escisión cada vez más profundas.

Una semana antes de Navidad, Amy y él fueron al ballet. Virgil disfrutó con El cascanueces: siempre había adorado la música, y ahora, por primera vez, también veía algo. «Lle­gué a ver gente saltando por el escenario, aunque no veía qué ropa llevaban», dijo. Creía que disfrutaría de ver un partido de béisbol en directo, y esperaba ansioso a que se iniciara la liga en primavera.

La Navidad fue una época particularmente festiva e im­portante –la primera Navidad de casado, su primera Navi­dad como hombre que veía– y regresó con Amy a la granja familiar de Kentucky. Vio a su madre por primera vez en más de cuarenta años –apenas había sido capaz de verla, ni a ella ni nada, el día de su boda– y le pareció «realmente guapa». Vio de nuevo la vieja granja, las cercas, el arroyo entre los pastos, que no había vuelto a ver desde niño; siem­pre los había tenido en gran estima en su memoria. Ver ha­bía sido en parte una gran decepción, pero ver su hogar y su familia fue pura dicha.

No menos importante fue el cambio de actitud de la fa­milia hacia él. «Parecía más despabilado», dijo su hermana. «Andaba, se movía por toda la casa sin palpar las paredes: simplemente se ponía en pie y andaba.» Le pareció que ha­bía «mejorado mucho» desde la primera operación, y su madre y el resto de la familia tenían la misma impresión.

Le telefoneé el día antes de Navidad y hablé con su ma­dre, su hermana y otras personas. Me pidieron que fuera a celebrar la Navidad con ellos, y ojalá pudiera haberlo hecho, pues parecía un momento dichoso y positivo para la fa­milia. La oposición inicial de los familiares a que Virgil viera (y quizá también a Amy, por haberle empujado a ello) y su incredulidad ante el hecho de que pudiera ver había sido algo que él había interiorizado, algo que podía haber li­teralmente aniquilado su capacidad de ver. Ahora que sus parientes estaban «convertidos», era lícito esperar que ese importantísimo obstáculo psicológico desapareciera. La Na­vidad fue el momento culminante, pero también la resolu­ción, de un año extraordinario.

Me pregunté qué sucedería al año siguiente. ¿Qué podía esperar Virgil, siendo optimistas? ¿A qué cantidad de mundo visual, de vida visual, podía aún aspirar? Lo cierto es que eso era algo que no sabíamos con certeza. Aunque había muchos pacientes cuyas historias eran sórdidas y aterradoras, al menos había algunos que habían superado sus peores dificultades y salido a flote en su nuevo mundo visual de una manera relativamente poco conflictiva.

Valvo, normalmente cauto en su expresión, se deja lle­var por la emoción al describir algunos de los resultados más felices de sus pacientes:

 

Una vez nuestros pacientes adquieren pautas visuales y pueden actuar con ellas autónomamente, parecen experi­mentar una gran felicidad en el aprendizaje visual ... un renacimiento de la personalidad ... Comienzan a pensar en áreas de experiencia totalmente nuevas.

 

«Un renacimiento de la personalidad», eso era justamente lo que Amy deseaba para Virgil. Para nosotros era di­ficil imaginar tal renacimiento en él, pues parecía muy fle­mático, muy encerrado en sus costumbres. Y sin embargo, a pesar de todos sus problemas –retinales, corticales, psico­lógicos, posiblemente médicos–, en cierto modo lo había hecho extraordinariamente bien, había mostrado un cons­tante incremento de su capacidad de aprehender el mundo visual. Con una motivación predominantemente positiva, y el obvio disfrute y ventajas que podía proporcionarle el hecho de ver, parecía no haber razón alguna que le impidiera progresar aún más. No podía esperar tener jamás una visión perfecta, pero podía aspirar a una vida radicalmente más rica gracias al hecho de ver.

 

 

La catástrofe ocurrió de manera muy repentina. El 8 de febrero recibí una llamada de Amy: Virgil se había derrum­bado, se lo habían llevado al hospital, gris y en estado de es­tupor. Tenía una neumonía lobar, una fuerte congestión en un pulmón, y estaba en la unidad de cuidados intensivos, con oxígeno y antibióticos en vena.

Los primeros antibióticos no le hicieron efecto: em­peoró; su estado era crítico; y durante algunos días estuvo entre la vida y la muerte. Al cabo de tres semanas la infec­ción fue controlada, y el pulmón comenzó a dilatarse de nuevo. Pero Virgil seguía gravemente enfermo; aunque la neumonía en sí misma estaba remitiendo, le había provo­cado un fallo respiratorio: una casi parálisis del centro res­piratorio cerebral que le hacía incapaz de responder ade­cuadamente a los niveles de oxígeno y dióxido de carbono de la sangre. Los niveles de oxígeno de la sangre comenza­ron a descender... hasta menos de la mitad de lo normal. Y el nivel de dióxido de carbono comenzó a aumentar... hasta casi tres veces lo normal. Necesitaba oxígeno constantemente, pero sólo podían darle un poco, por temor a que el centro respiratorio que fallaba quedara aún más debilitado. Con el cerebro privado de oxígeno y envenenado de dióxido de carbono, la conciencia de Virgil fluctuaba y se desvane­cía, y en sus peores días (cuando el nivel de oxígeno era más bajo y el de dióxido de carbono más alto) no veía nada: estaba totalmente ciego.

Muchos factores contribuyeron a que prosiguiera esa crisis respiratoria: los pulmones de Virgil se habían espe­sado y estaban fibróticos; tenía una bronquitis avanzada y un enfisema; no había movimiento del diafragma en un lado, consecuencia de su polio infantil; y, por encima de todo, estaba enormemente obeso: lo suficientemente obeso como para padecer un síndrome de Pickwick (que recibe el nombre del muchacho grueso y soñoliento, Joe, de Los papeles del club Pickwick). En el síndrome de Pickwick hay una grave disminución de la respiración, que no puede oxi­genar la sangre adecuadamente, asociada con un debilitamiento del centro respiratorio del cerebro.

Probablemente Virgil llevaba enfermo varios años; había ganado peso gradualmente desde 1985. Pero en el período comprendido entre su boda y las fiestas de Navidad había aumentado veinte kilos –había llegado, en pocos meses, a los ciento cuarenta kilos–, en parte por la retención de lí­quidos causada por la insuficiencia cardíaca, y en parte por comer a todas horas, un hábito causado por el estrés.

Ahora llevaba tres semanas en el hospital, el oxígeno en sangre seguía disminuyendo a pesar que se lo suministra­ban, y cada vez que el nivel llegaba a un punto realmente bajo se quedaba letárgico y totalmente ciego. Amy, en el momento en que abría la puerta, sabía cómo había pasado el día Virgil –qué nivel de oxígeno en sangre tenía– según si utilizaba los ojos, mirando a su alrededor, o tanteaba y palpaba, «comportándose como si estuviera ciego». (Nos preguntamos, en retrospectiva, si las extrañas fluctuaciones de su visión que había mostrado casi desde el día de la ope­ración podían haber sido también causadas, al menos en parte, por fluctuaciones del oxígeno en sangre, con la consiguiente anoxia retinal o cerebral. Virgil probablemente había padecido durante años un leve síndrome de Pickwick, y podía haber estado cerca del fallo respiratorio y de la ano­xia incluso antes de la enfermedad aguda.)

Había otro estado intermedio, que Amy encontraba des­concertante; en dichas ocasiones, Virgil decía que no veía nada, pero alargaba los brazos para coger algo, evitaba los obstáculos y se comportaba como si viera. Amy no entendía nada de este singular estado, en el que manifiestamente reaccionaba a los objetos, era capaz de localizarlos, veía, y aun con todo negaba cualquier conciencia de estar viendo. Este estado –llamado vista implícita, vista inconsciente o vi­sión ciega– ocurre cuando las áeras visuales de la corteza cerebral están deterioradas (por ejemplo por falta de oxí­geno) pero los centros visuales de la subcorteza permane­cen intactos. Las señales visuales se perciben y se responde a ellas adecuadamente, pero esta percepción no alcanza la conciencia.

Por fin Virgil pudo salir del hospital y regresar a casa, aunque ahora con un gran hándicap respiratorio: dependía de una bombona de oxígeno y no podía ni levantarse de la silla sin ella. En esa fase, parecía improbable que se recupe­rara lo suficiente como para volver a trabajar, y la YMCA decidió prescindir de él. Unos meses más tarde tuvo que dejar la casa donde había vivido como empleado de la YMCA durante más de veinte años. Ésta era la situación en verano: Virgil no sólo había perdido la salud, sino el trabajo y la casa.

 

 

En octubre, sin embargo, se encontraba mejor y era capaz de prescindir de la bombona de oxígeno durante una hora o dos. No me resultaba del todo claro, a partir de mis conversaciones con Virgil y Amy, lo que había ocurrido fi­nalmente con su vista después de todos esos meses. Amy decía que la había «casi perdido», pero ahora le parecía que la estaba recuperando a medida que se sentía mejor. Cuando telefoneé al centro de rehabilitación visual donde habían evaluado a Virgil, me contaron algo muy distinto. Según ellos, Virgil había perdido toda la vista que había recupe­rado el año anterior, y lo que quedaba de ella era muy poco. Kathy, su terapeuta, opinaba que Virgil veía colores, pero poco más, y a veces colores sin objetos: así, era posible que viera una neblina o halo rosado alrededor de un frasco de Pepto-Bismol sin llegar a ver claramente el frasco pro­piamente dicho.[17] Esta percepción del color, dijo Kathy, era la única visión constante; parecía estar ciego a todo lo demás, no distinguía los objetos, iba a tientas, parecía visual-mente perdido. Había vuelto a sus antiguos movimientos oculares azarosos de los no videntes. Y sin embargo a ve-ces, espontáneamente, sin previo aviso, tenía repentinos y asombrosos momentos de visión en los que veía objetos, in­cluso los muy pequeños. Pero esas percepciones desaparecían tan repentinamente como llegaban, y él generalmente era incapaz de recuperarlas. A todos los efectos prácticos, dijo Kathy, Virgil ahora estaba ciego.

Me quedé sorprendido y desconcertado cuando Kathy me dijo eso. Se trataba de fenómenos radicalmente distin­tos de los que Virgil había mostrado antes: ¿qué le pasaba ahora en los ojos y en el cerebro? La distancia me impedía comprender lo que sucedía, sobre todo porque Amy, por su parte, sostenía que la vista de Virgil iba mejorando. De hecho, se puso furiosa cuando se enteró de que decían que Vir­gil estaba ciego, y afirmó que el centro de rehabilitación vi­sual estaba, de hecho, «enseñando a Virgil a ser ciego». De modo que en febrero de 1993, un año después de que se le declarara esa devastadora enfermedad, invitamos a Virgil y a Amy a venir a Nueva York para volver a vernos y para some­ter a Virgil a unas pruebas psicológicas especializadas de funcionamiento retinal y cerebral.

 

 

Tan pronto como me encontré con Virgil en la puerta de llegada del aeropuerto de La Guardia, vi por mí mismo que todo había ido terriblemente mal. Pesaba casi veinticinco ki­los más que cuando le conocí en Oklahoma. Llevaba una bombona de oxígeno colgándole del hombro. Caminaba a tientas; sus ojos iban de un lado a otro; parecía totalmente ciego. Amy le guiaba allí donde iban. Y sin embargo, mientras cruzábamos el puente de la calle Cincuenta y nueve y nos adentrábamos en la ciudad, Virgil distinguía algo —una luz en el puente–, no intuyéndola, sino viéndola muy exactamente. Pero era incapaz de retenerla ni de recuperarla, de modo que seguía visualmente perdido.

Cuando llegamos a mi consulta para hacerle las pruebas –primero utilizando grandes dianas de colores, a continua­ción grandes movimientos y linternas–, no consiguió ver nada. Parecía totalmente ciego, más ciego que antes de sus operaciones, pues entonces, al menos, incluso a través de las cataratas podía detectar la luz, su dirección, y la sombra de una mano moviéndose ante él. Ahora era incapaz de de­tectar nada, parecía carecer de cualquier receptor sensible a la luz: era como si no tuviera retinas. Y sin embargo no habían desaparecido del todo, eso era lo raro. Pues de vez en cuando veía algo con todo detalle: en una ocasión vio, describió y cogió un plátano; en dos ocasiones fue capaz de seguir con las manos una línea de luz que se movía al azar en una pantalla de ordenador; y a veces alargaba la mano hacia algún objeto, o lo «intuía» correctamente, aun cuando dijera que no veía «nada» en esas ocasiones: el fenómeno de visión ciega que había sido observado por primera vez en el hospital.

Nos quedamos consternados ante ese fracaso casi abso­luto, y Virgil se estaba hundiendo en un estado de desmora­lización, de derrota: era momento de dejar las pruebas e ir a almorzar. Mientras pasábamos junto a un bol de fruta, Vir­gil palpó la fruta con sus dedos veloces, sensibles y diestros, su cara se iluminó y volvió a animarse. Mientras tocaba la fruta nos ofreció descripciones extraordinariamente tácti­les, hablando de la cualidad cerúlea y resbaladiza de la piel de la ciruela, de la suave pelusa de los melocotones y de la tersura de las nectarinas («como las mejillas de un bebé»), y de la piel desigual y con hoyuelos de las naranjas. Sopesaba las frutas en la mano, hablaba de su peso y consistencia, de las pepitas y los huesos; y luego, llevándoselas a la nariz, de sus distintos olores. Su apreciación táctil (y olfativa) parecía mucho más aguda que la nuestra. Incluimos una pera de cera que imitaba excelentemente la fruta real; con su forma y colores realistas, había engañado completamente a gente que veía. Pero Virgil no cayó en la trampa ni por un mo­mento: se echó a reír tan pronto como la tocó. «Es una vela», dijo inmediatamente, un tanto desconcertado. «En forma de campana o de pera.» Mientras que posiblemente era, en palabras de Senden, «un exiliado de la realidad espa­cial», se sentía profundamente a gusto en el mundo del tacto y en una dimensión temporal.

Pero si el sentido del tacto estaba perfectamente conservado, había, evidentemente, sólo destellos procedentes de sus retinas: raros y momentáneos destellos de unas retinas que ahora parecían en un 99 por ciento inactivas. También Bob Wasserman, que no había visto a Virgil desde nuestra visita a Oklahoma, se quedó horrorizado ante la degrada­ción de la vista de Virgil y quiso volver a examinarle las retinas. Cuando lo hizo comprobó que seguían exactamente igual que antes: moteadas, con zonas donde la pigmenta­ción había disminuido y otras donde había aumentado. No había indicio de ninguna enfermedad nueva. Sin embargo, el funcionamiento de las zonas conservadas de la retina era prácticamente nulo. Los electrorretinogramas, ideados para registrar la actividad eléctrica de la retina cuando es esti­mulada por la luz, eran completamente planos, y los poten­ciales evocados visuales, ideados para mostrar la actividad de las partes visuales del cerebro, también eran nulos: en ninguna de las dos retinas ni en el cerebro había ya nada que funcionara o pudiera ser registrado eléctricamente. (Puede que hubiera raros y momentáneos destellos de acti­vidad, pero si era así, no pudimos captarlos con nuestros aparatos.) Esta inactividad no podía atribuirse a la enfermedad original, retinitis, que hacía tiempo era inactiva. Algo más había surgido durante el último año que había, de hecho, extinguido esa función retinal remanente.

Recordamos que Virgil se había quejado constantemente de que le deslumbraba la luz, incluso en días relati­vamente oscuros y encapotados, que la luz deslumbrante parecía cegarle a veces, de modo que precisaba de unas ga­fas muy oscuras. ¿Era posible (tal como sugirió mi amigo Kevin Halligan) que al quitarle las cataratas –cataratas que quizá habían protegido sus frágiles retinas durante déca­das– la luz ordinaria del sol le hubiera resultado letal, que­mándole las retinas? Se dice que los pacientes que sufren otros problemas retinales, como degeneración macular, pueden ser extraordinariamente intolerantes a la luz –no sólo a la luz ultravioleta, sino a todas las longitudes de on­da– y que la luz puede acelerar la degeneración de las retinas. ¿Era esto lo que le había ocurrido a Virgil? Se trataba de una posibilidad. ¿Deberíamos haberlo previsto y, de al­gún modo, limitado las horas de visión de Virgil o contro­lado la luz ambiental?

Otra posibilidad –más probable ésta– relacionada con la persistente hipoxia de Virgil era el hecho de que no hubiera oxigenado adecuadamente la sangre durante un año. Tenía­mos claros informes de que en el hospital su vista había tenido altibajos a medida que subía y bajaba el nivel de oxí­geno en sangre. ¿Era posible que la repetida, o persistente, falta de oxígeno en las retinas (y quizá también en las áreas visuales de la corteza) hubiera sido el factor que las había estropeado? En este punto nos preguntamos si el aumento de la oxigenación de la sangre al 100 por ciento (lo que ha­bría exigido una constante respiración artificial con oxí­geno puro) podría restaurar la función retinal o cerebral. Pero se decidió que ese método sería demasiado arriesgado, puesto que podría provocar un debilitamiento permanente del centro respiratorio del cerebro.

 

 

Ésta es, pues, la historia de Virgil, la historia de una re­cuperación «milagrosa» de la vista por parte de un ciego, una historia básicamente similar a la del joven paciente de Cheselden, operado en 1728, y a otro puñado de casos si­milares ocurridos en los tres últimos siglos... aunque con un giro irónico e inesperado al final. El paciente de Gre­gory, tan bien adaptado a la ceguera antes de la operación, se quedó encantado nada más recuperar la vista, pero pronto encontró intolerables las tensiones y las dificultades, se encontró con que ese «don» era una maldición, se deprimió profundamente y murió poco después. Casi todos los pacientes anteriores, de hecho, tras su euforia inicial, se veían superados por las enormes dificultades de adap­tarse a un nuevo sentido, y muy pocos, como subraya Valvo, se habían adaptado y les había ido bien. ¿Podría Vir­gil haber superado esas dificultades y haberse adaptado a ver allí donde tantos otros se habían derrumbado por el camino?

Nunca lo sabremos, pues su adaptación –y de hecho la vida tal como la conocía– quedó cercenada por un gratuito golpe del destino: una enfermedad que, de un solo mano­tazo, le privó de su trabajo, de su casa, de su salud y de su independencia, dejándole en un estado grave, incapaz de arreglárselas por sí mismo. Para Amy, la primera en inci­tarle a operarse, y que tan ilusionada estaba con que Virgil viera, fue un milagro que fracasó, una calamidad. Virgil, por su parte, mantiene filosóficamente que «Estas cosas pasan». Pero está destrozado por ese golpe, da libre curso a la cólera: cólera ante su desamparo y su enfermedad; cólera porque se haya arruinado una promesa y un sueño; se trata, en el fondo, de una cólera que había estado latente en él casi desde el principio: cólera por haber sido empujado a una batalla que no podía ganar y a la que tampoco podía re­nunciar. Al principio hubo ciertamente asombro, admira­ción y a veces felicidad. Hubo también, naturalmente, un gran valor. Fue una aventura, una excursión a un nuevo mundo, algo que se concede a muy pocos. Pero entonces llegaron los problemas, los conflictos, de ver y no ver, de no ser capaz de elaborar un mundo visual y de hallarse al mismo tiempo obligado a renunciar al suyo propio. Se en­contró entre dos mundos, y en ninguno a gusto: un tor­mento del que no parecía haber escape posible. Pero enton­ces, paradójicamente, se le otorgó una liberación, en la forma de una segunda y ahora definitiva ceguera: una ce­guera que recibió como un don. Ahora, por fin, a Virgil se le permitía no ver, se le permitía huir de la luz deslum­brante, del confuso mundo de la vista y el espacio, y regre­sar a su verdadero ser: el íntimo y concentrado mundo de los demás sentidos donde tan a gusto se había sentido du­rante casi cincuenta años.

 

 



[1] Hay un indicio de algo más extraño, más complejo, en la narración que hace Marcos del milagro de Betsaida, pues ahí, al principio, el ciego vio «hombres que parecen árboles, pero que andan», y sólo posteriormente recuperó completamente la vista (Marcos, 8: 22-26).

[2] La eliminación de la catarata (o, como se hacía al principio, la dislocación de la catarata) deja el ojo muy corto de vista, con lo que precisa 1entes artificiales; y las gruesas lentes utilizadas en el siglo XVIII y XIX, y de hecho hasta muy recientemente, reducían sensiblemente la visión periférica. De este modo, todos los pacientes operados de cataratas antes de la era actual de lentes de contacto e implantadas tenían que enfrentarse a importantes dificultades ópticas. Pero eran sólo los ciegos de nacimiento o desde la primera infancia quienes padecían la dificultad lockeana de no ser capaces de comprender lo que veían.

* Young Men's Christian Association: Asociación de Jóvenes Cristianos. (N. del T.)

[3] Uno no ve, siente o percibe aisladamente: la percepción va siempre vinculada al comportamiento y al movimiento, a alargar el brazo y explorar el mundo. Ver es insuficiente, también se debe mirar. Aunque en el caso de Virgil hemos hablado de una incapacidad perceptual o agnosia, había, igualmente, una falta de capacidad o impulso de mirar, de actuar viendo: una falta de comportamiento visual. Von Senden menciona el caso de dos niños cuyos ojos habían sido vendados desde temprana edad y que, cuando les quitaron los vendajes a la edad de cinco años, no mostraron ninguna reacción, no parecían mirar, como si estuvieran ciegos. Daba la sensación de que esos niños, que habían construido su mundo con otros sentidos y comportamientos, no sabían utilizar los ojos.

El mirar -como orientación, como comportamiento- puede incluso de­saparecer de aquellos que se quedan ciegos en una fase tardía de su vida, a pesar del hecho de que han «mirado» toda su vida. John Hull nos propor­ciona muchos ejemplos sorprendentes de esto en su libro autobiográfico Touching the Rock. Hull había tenido una vista normal hasta la mitad de la cuarentena, pero a los cinco años de quedarse totalmente ciego perdió toda noción de «volver la cara» hacia la gente, de «mirar» a sus interlocutores.

[4] El paciente de Gregory también se quedó sorprendido al ver la luna: había esperado un cuarto de luna en forma de cuña, como un trozo de pas­tel, y se quedó asombrado y divertido al descubrir aquella forma creciente.

[5] Robert Scott, sociólogo y antropólogo del Instituto de Estudios Con­ductuales de Stanford, se ha interesado especialmente por las reacciones de la sociedad ante los ciegos, y el desprecio y la estigmatización social de que tan a menudo son objeto. También ha dado conferencias sobre «curas milagrosas», el derroche de emoción que suele acompañar a las recupera­ciones de la vista. Fue el doctor Scott quien, hace algunos años, me envió un ejemplar del libro de Valvo.

[6] La sensación, en sí misma, carece de «indicadores» del tamaño y la distancia; hay que aprenderlos con la experiencia. De este modo, se dice que cuando se lleva a alguien que ha habitado toda su vida en una selva tropical, cuya perspectiva visual acaba a pocos metros, a un amplio paisaje abierto, a veces intenta alargar los brazos y tocar las cumbres de las montañas con las manos; no tiene noción de lo lejos que están.

Helmholtz (en El pensamiento en medicina, una memoria autobiográ­fica) cuenta cómo, caminando por un parque a los dos años, vio lo que interpretó como una pequeña torre con una barandilla en lo alto y unos maniquíes, o muñecos, que caminaban dando vueltas tras ella. Cuando le preguntó a su madre si podía coger uno para jugar, ella exclamó que la torre estaba a un kilómetro de distancia y tenía doscientos metros de altura, y que las pequeñas figuras no eran maniquíes, sino personas. Tras estas palabras de su madre, escribe Helmholtz, se percató de inmediato de la escala de toda la escena y no volvió a caer en un error de este tipo —aunque el estudio de la percepción visual no dejó nunca de apasionarle. (Véase Cahan, 1993.)

En El escarabajo de oro, Poe relata el caso contrario: cómo lo que parecía una criatura grande y articulada sobre una colina lejana se revela des­pués como un pequeño escarabajo en la ventana.

A este propósito me viene a la mente mi primera experiencia con la ma­rihuana: coloqué la mano sobre el fondo de una pared blanca y me parecía que se alejaba precipitadamente de mí conservando su tamaño normal, hasta que aparecía como una mano enorme, una mano cósmica, lejana años luz en el espacio. Probablemente esta ilusión fue posible, entre otras cosas, por la ausencia de puntos de referencia o de un contexto que indica­ran las dimensiones y distancia reales, y quizá también por cierta perturba­ción de la imagen corporal o de la elaboración central de la visión.

[7] Problemas similares surgieron con el paciente de Gregory S. B., que nunca dejaba de «sorprenderse por cómo los objetos cambiaban de forma cuando los rodeaba ... Miraba un poste de alumbrado, lo rodeaba, y se quedaba estudiándolo desde distintas perspectivas, y se preguntaba por qué pa­recía diferente y sin embargo el mismo». Todas las personas que acaban de recuperar la vista, de hecho, sufren dificultades radicales con las aparien­cias, encontrándose de pronto inmersos en un mundo que, para ellos, puede ser un caos de apariencias que cambian continuamente, inestables, evanes­centes: Puede que se encuentren completamente perdidos, confusos, en ese flujo de apariencias, que para ellos todavía no está firmemente anclado en un mundo de objetos, en un mundo de espacio. Aquellos que acaban de recuperar la vista, y que anteriormente han dependido de otros sentidos distintos de la vision, se quedan desconcertados por el mismísimo concepto dé «apariencia», que, al ser óptico, no posee analogía alguna con los demás sen­tidos. Los que hemos nacido en un mundo de apariencias (y sus esporádicas ilusiones, espejismo, engaños) hemos aprendido a dominarlo, a sentirnos se­guros y cómodos en él, pero eso resulta increíblemente difícil para alguien que acaba de recuperar la vista. El filósofo F. H. Bradley escribió un famoso libro titulado Apariencia y realidad (1893), aunque para quienes acaban de recuperar la vista estas dos cosas, al principio, no guardan relación.

[8] Cuando Virgil dijo esto recordé una descripción que aparece en el relato de Borges «Funes el memorioso», donde la dificultad de Funes con los conceptos generales le lleva a una situación similar: «No sólo le costaba comprender que el término genérico perro abarcara tantos individuos dis­pares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente).»

[9] Debido al agotamiento que sentía en ese momento, no pudimos someterle a las pruebas sobre ilusiones ópticas que habíamos traído. Fue una lástima, pues el «ver» o «no ver» ilusiones ópticas proporciona una manera objetiva y reproducible de calibrar la capacidad constructiva visual del cere­bro. Nadie ha explorado este punto más profundamente que Gregory, y su detallada narración de las reacciones de S. B. a las ilusiones ópticas es por tanto de gran interés. Una de tales ilusiones consiste en unas líneas paralelas que, a los ojos normales, parecen diverger debido al efecto de unas líneas di­vergentes sobrepuestas a ellas; ningún efecto «gestalt» [en psicología, totali­dad unificada cuyas propiedades específicas no pueden derivarse de la suma de sus partes] ocurrió con S. B., que vio las líneas como perfectamente paralelas. La misma falta de «influencia» se apreció en otras ilusiones. Particularmente interesante fue la reacción de S. B. a figuras invertidas, como cubos y escaleras dibujados en perspectiva, que son normalmente vistos en profun­didad e invierten su configuración aparente a intervalos; S. B. no veía las fi­guras invertidas, y no las veía en profundidad. Del mismo modo, tampoco había fluctuación de la figura-fondo en las figuras ambiguas. Al parecer él no «veía» cambios de distancia/tamaño en las ilusiones, ni tampoco experi­mentaba el efecto cascada, el efecto familiar que sucede a la percepción del movimiento. En todos estos casos, la ilusión es «vista» (aun cuando la mente pueda saber que la percepción es ilusoria) por todos los adultos que tienen una visión normal. Muchos de estos efectos ilusorios también pueden demostrarse en niños pequeños, y en algunos monos, e incluso en la criatura artificial de Edelman, DARWIN iv. Que S. B. no pudiera «verlas» ilustra cuán rudimentaria era su capacidad de construcción visual, resultado de la vir­tual ausencia de experiencia visual temprana.

 

[10] Anteriormente, Virgil había captado el distante sonido del rugir de los leones en su recinto; había aguzado el oído y se había vuelto instantá­neamente en esa dirección. «¡Escuchad!», dijo. «Son los leones... están ali­mentando a los leones.» A los demás ese sonido se nos había pasado com­pletamente por alto; incluso cuando Virgil dirigió nuestra atención hacia él, nos pareció débil, y no estábamos seguros de su lugar de procedencia. Nos sorprendió la cualidad del oído de Virgil, su atención auditiva y la agu­deza de su orientación, lo extremadamente diestro que era como escucha­dor. Dicha agudeza e intensificación de la sensibilidad auditiva se dan en muchos ciegos, pero por encima de todo en aquellos que son ciegos de na­cimiento o quedaron ciegos en época muy temprana de su vida; parece algo ligado al constante concentrar la atención, el afecto y las facultades cognitivas en estas esferas, y, con ello, suele darse un hiperdesarrollo de los sistemas auditivo-cognitivos del cerebro.

 

[11] Pavlov, al hablar de dichas respuestas en los perros, las denominaba «inhibición transmarginal subsiguiente a una estimulación supramaxi­mal», y consideraba esos cierres de naturaleza protectora.

[12] Cuando existe debilidad de un órgano específico, la tensión emocio­nal puede tener tendencia a adquirir una forma fisica; de este modo, al asmático le sobreviene el asma cuando sufre una tensión, los parkinsonianos se vuelven más parkinsonianos, y alguien como Virgil, al borde de la ce­guera, puede verse empujado al otro lado de ese borde y volverse (tempo­ralmente) ciego. A veces era extraordinariamente difícil distinguir entre lo que en él era vulnerabilidad fisiológica y lo que era «comportamiento mo­tivado».

 

[13] En su irónicamente titulada Carta sobre los ciegos: para uso de los que pueden ver (1749), el joven Diderot mantiene una posición de relativismo cultural y epistemológico: afirma que los ciegos, a su manera, pue­den construir un mundo completo y suficiente, poseen una completa «identidad de ciego» y ninguna sensación de discapacidad o insuficiencia, y que el «problema» de su ceguera y el deseo de curarla es, por tanto, nues­tro, no suyo.

También opina que la inteligencia y la cultura pueden tener una importancia fundamental para hacer que los ciegos comprendan el mundo; pue­den darles, al menos, una comprensión formal que no pueden percibir directamente. Llega sobre todo a esta conclusión tras meditar sobre el caso de Nicholas Saunderson, el célebre matemático y newtoniano ciego, que murió en 1740. Que Saunderson, que jamás vio la luz, pudiera imaginarla tan bien, que pudiera ser (¡de entre todas las cosas!) profesor de óptica, y pudiera construirse, a su manera, una sublime imagen del universo, emo­ciona inmensamente a Diderot.

[14] El psicólogo canadiense Donald Hebb se interesó profundamente por el desarrollo de la visión, y presentó muchas pruebas experimentales en contra de que fuera algo «innato» en los animales superiores y en el hombre, como se había supuesto a menudo. De manera comprensible, le fascinaba el inusual «experimento» (si se permite dicho término) de devol­ver la vista en la vida adulta a los congénitamente ciegos, y en The Organi­zation of Behaviour reflexiona extensamente sobre los casos recopilados por Von Senden (el propio Hebb no tenía experiencia personal de ningún caso así). Eso proporcionaba una abundante confirmación de su tesis, se­gún la cual ver requiere experiencia y aprendizaje; de hecho, pensaba que en el hombre la vista requería quince años de aprendizaje para alcanzar su pleno desarrollo.

Pero hay que hacer una advertencia (y también la hace Gregory) en relación con la comparación de Hebb entre los adultos que han recuperado la vista y un bebé. Es posible que quienes acaban de recuperar la vista pasen por algunas de las fases de aprendizaje y desarrollo de la infancia; sin em­bargo, un adulto, neurológica y psicológicamente, no se parece en nada a un niño —un adulto está condicionado por toda una vida de experiencias perceptivas— y tales casos, por tanto, no pueden decirnos (tal como Hebb supone) cómo es el mundo del bebé, ni servir de ventana al, de otro modo inaccesible, desarrollo de su percepción.

[15] Si la ceguera posee un lado positivo, si es uno de los órdenes naturales de la existencia humana, lo mismo (o de un modo más intenso aún) vale para la sordera, en la que no hay sólo un fortalecimiento de las habilidades visuales (y por lo general espaciales), sino toda una comunidad de sordos con su propio lenguaje (de signos) y su propia cultura visual-gestual. Los congénitamente sordos, o aquellos que se quedaron sordos de pequeños, cuando se les realiza un implante corlear, pueden enfrentarse a problemas un tanto parecidos a los de Virgil. El sonido, para ellos, al principio no tie­nen asociaciones ni significado, de modo que, al menos inicialmente, se encuentran en un mundo de caos auditivo, o agnosia. Pero además de esos problemas cognitivos también hay problemas de identidad; en cierto sen­tido, deben morir como sordos para nacer como personas que oyen. Esto, potencialmente, es mucho más serio y posee implicaciones sociales y cul­turales que se ramifican, pues la sordera puede no ser sólo una identidad personal, sino una identidad lingüística, comunitaria y cultural compar­tida. Harlan Lane aborda estos temas tan complejos en Tha Mask of Benevolence: Disabling the Deaf Community.

[16] Gregory observa de S. B.: «También encontraba feas algunas cosas que antes adoraba (¡incluyendo a su esposa y a sí mismo!), y frecuentemente le enojaban los defectos e imperfecciones del mundo visible.»

[17] Semir Zeki ha observado en algunos casos de anoxia cerebral que las áreas de construcción del color de la corteza visual han quedado relativamente intactas, de modo que el paciente puede ver el color y nada más: ni formas ni límites, y tampoco llega a hacerse ninguna idea de los objetos.